Alumnos de hoy, maestros de mañana

marzo 25, 2014

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En una sociedad en constante cambio y con conocimientos con fecha de vencimiento, los institutos superiores de formación docente (ISFD) inician una etapa signada por profundas modificaciones en los planes de estudio en las carreras para ser maestros o profesores, programas de actualización profesional, incentivos para la investigación sobre las prácticas pedagógicas y nuevas regulaciones para su funcionamiento. Desafíos y resistencias a las necesarias transformaciones de la formación docente inicial y continua.

Está totalmente fuera de discusión que los docentes tienen un rol esencial en las innovaciones educativas. Y esto supone reconocer la importancia fundamental de la formación inicial y continua de los educadores, en tanto, como subraya la socióloga Graciela Messina, “es un campo estratégico de la educación actual, ya que crea un espacio de posibilidad para la transformación del quehacer docente, del vínculo pedagógico y de la gestión e institucionalidad educativas”.

Debe admitirse, empero, que, hasta hace muy poco tiempo, maestros y profesores no eran consultados a la hora de producir e implementar cambios y mejoras en los sistemas educativos. Es más, en casi todos los diagnósticos se los menospreciaba, se ignoraba su situación, sus condiciones de trabajo, su formación y su dignificación y no se percibía que, capacitados, valorados y motivados, son actores fundamentales en cualquier proceso de transformación social.

Ocurre que es difícil pensar sobre las posibilidades de aprendizaje de los alumnos si se escinde de esa reflexión el papel que juegan los maestros y profesores. Las especialistas en temas educativos Inés Aguerrondo –consultora de la UNESCO– y Lea Vezub –profesora de la Universidad Nacional de Buenos Aires (UBA)–, afirman al respecto que los programas de capacitación y desarrollo profesional han pasado a ser un componente estratégico para mejorar la calidad de la educación, profundizar la capacidad de inclusión de las escuelas, implementar innovaciones pedagógicas y reorientar los sistemas escolares hacia nuevas metas más acordes con los cambios operados en la sociedad, la cultura, la ciencia, la política y la economía.

El canadiense Michael Fullan, considerado una eminencia en el tema de la reforma y el cambio educativos, dijo alguna vez que “la formación docente tiene el honor de ser, simultáneamente, el peor problema y la mejor solución en educación”. Y no se trata de un simple juego de palabras, sino de una invitación al debate acerca de la generación de condiciones para que los educadores dejen de ser vistos como el problema y se transformen en la solución. En la misma sintonía, a fines de la década pasada, una consultora económica –McKinsey Company– difundió un informe, elaborado por Michael Barber, que parte de una verdad tan elemental como irrebatible: la calidad de un sistema educativo no puede ser mejor que la calidad de sus docentes.

A pesar de ello, una investigación realizada años atrás por Ernesto Schiefelbein, Cecilia Braslavsky, Bernardote Gatti y Pilar Farrés, que abarcó a la Argentina, Brasil y México, comprobó que aun existiendo un alto nivel de formación inicial y continua de los maestros, una proporción significativa de ellos pensaba que su objetivo era “enseñar a los niños” –no que aprendieran– y no consideraba que su preparación fuera un motivo considerable en la caída de la calidad de la educación.

“Este último tiempo, el nivel superior se posicionó fuertemente. Dejó de depender de la Dirección de Enseñanza Media (había reglamentaciones las que no se sabía si correspondían aplicar). Se articuló con las universidades, que hoy nos reconocen como una formación paralela e incluso con mayores avances: ellas están revisando cómo deben formar a los alumnos que darán clases en el secundario (en carreras como Física o Letras). Somos de las pocas provincias que revisó todos sus profesorados y hace evaluaciones sobre potencialidades y dificultades, para hacer ajustes. Nuestros diseños curriculares fueron construidos –de forma plural, democrática y rescatando los conocimientos de cada uno– por estudiantes, profesionales de los institutos, docentes secundarios y especialistas universitarios. También se generaron reglamentaciones para el funcionamiento del nivel y fomentar la participación democrática y formas dinámicas de trabajo en los ISFD. Hay proyectos de investigación concursables año a año, con grupos mixtos de estudiantes y docentes, sobre cómo se enseña y se aprende determinado saber. Otra línea fuerte es la formación continua, la capacitación docente en TIC, y la vinculada a la escuela asociada, donde el profesor de secundaria es el co-formador de nuestros alumnos. El docente de práctica planifica y hace acuerdos con el de media; trabajan juntos en talleres o en determinadas clases. Hay un enriquecimiento mutuo. Profesores de práctica de Matemáticas me planteaban que los de la escuela asociada habían pedido que enviaran más estudiantes e incrementaran los talleres. Como ellos tienen otras titulaciones –ingenieros, arquitectos– les interesa aprender algunos recursos didácticos que llevaban los estudiantes de prácticas, porque veían que sus alumnos se interesaban más con las nuevas dinámicas planteadas”.

Mónica Francettic, directora del Instituto de enseñanza superior Simón Bolívar, de Córdoba Capital, que dicta los profesorados secundarios de Biología, Física, Química, Matemática, Geografía y Lengua y Literatura.

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