Vale mil palabras

septiembre 24, 2013

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Agudizar la mirada para generar otras lecturas de los distintos discursos que confluyen en los libros para niños y jóvenes, eje de la propuesta del artista Istvan.

“El libro ilustrado tiene muchos lenguajes, que apelan tanto a lo escrito como al diseño; convergen en él aspectos que tienen que ver con gran cantidad de géneros. Y es muy rico ese cruce entre la literatura, el cine, la música y la pintura”, afirma Istvan Schritter, uno de los más prolíficos ilustradores, diseñadores y escritores de nuestro país. “El tema es que en general, las lecturas que se producen sobre ellos tienen un fuerte anclaje en las palabras y no en las ilustraciones”, señala a modo de crítica, puesto a analizar algunas de las prácticas que tienen lugar en las instituciones educativas.

Este reconocido artista, que fue candidato por Argentina al premio Hans Christian Andersen en 2002 y 2004 −el equivalente al Nobel para literatura infantil y juvenil−, entiende que la imagen y el texto forman parte de un todo y que un libro debe ser leído en esa clave. Así, Istvan sostiene que es necesario tener en claro que en las publicaciones infantiles las ilustraciones son fundamentales. Tanto en el libro álbum −un género de gran auge en la actualidad en el cual narración y dibujos funcionan de manera inseparable construyendo una historia− como en los ilustrados −obras que podrían no estarlo−, la imagen −dice diferenciando lo que caracteriza a un buen trabajo de diseño− no debería ser un adorno, apenas una decoración de lo escrito. “En realidad la ilustración siempre tiene posibilidades por sí misma de decir cosas: es un discurso con una variedad de herramientas para generar sentidos”, afirma, y continúa: “Entonces, lo no verbal es importante no sólo porque ahora los libros son muy visuales, sino porque existe un compromiso con el lector que es el de construir interpretaciones. Aun cuando un libro tenga sólo dibujos o poco texto, la ilustración tiene que posibilitar no sólo una historia sino una diversidad de sentir. Tiene que invitar al que lee a pensar, a darse las respuestas a las preguntas que se generan a partir de la obra literaria”.

Lo que sucede en el ámbito escolar es que muchas veces ese proceso de decodificación de los distintos lenguajes que componen un texto no se produce adecuadamente, al punto que las representaciones gráficas quedan supeditadas al relato literario. “La maestra de Lengua es la que más usa los libros para chicos como parte de su accionar didáctico, aunque frecuentemente no repare en las ilustraciones y cuando lo hace desconoce, por ejemplo, las técnicas con que están elaborados los dibujos”, afirma Istvan en La otra lectura. La ilustración en los libros para niños, publicación en la que invita a pensar y reflexionar sobre la relación entre lo narrado y lo representado gráficamente y propicia algunos lineamientos para emprender esta tarea.

En ese mismo sentido, plantea que es necesario “aprender a mirar”, esto es, desarrollar estrategias que permitan desplegar un análisis más complejo y profundo de la obra entendiendo que las imágenes pueden cumplir distintos roles: transcribir lo que las palabras dicen, sumar significados o incluso fundar nuevos textos. La habilidad del lector está justamente en no pasar por alto los guiños que hace el dibujante, aprovechando al máximo lo que el relato ofrece, decodificando todos sus discursos porque −como afirma Istvan− “la imagen habla”.

Un buen texto ilustrado entonces, además de propiciar un acercamiento placentero a la literatura ofrece una experiencia estética y creativa sumamente valiosa: no se puede desconocer la relevancia de los procesos cognitivos y afectivos que se ponen en juego en la lectura de imágenes, que estimulan la imaginación y ayudan al desarrollo del pensamiento.
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Buenas historias

Puesto a reflexionar en qué medida deben combinarse y preponderar texto e imagen Istvan aclara que “tampoco se trata de hacer libros ilustrados o álbumes sin importar, por ejemplo, qué se escribe a la par de lo que se dibuja, o sin observar si las ilustraciones están hechas con collage, con computadora o a mano”. En este sentido afirma: “La verdadera riqueza del encuentro con la obra se produce en las múltiples asociaciones que ese texto como un todo puede generar apelando y construyendo distintos discursos”. Así, la escuela debería ser capaz de promover instancias de lectura literaria ricas, en las que haya una variedad de obras y de autores al alcance de los alumnos, que permitan la experimentación, indagación y construcción de sentidos personales y en comunidad con otros.

Pensando en qué tipo de producciones literarias pueden alentar esta mirada crítica y enriquecedora, Istvan se vale de una definición de su colega Isol: la opinión. “Ese es el ingrediente fundamental que tiene que tener un buen libro para niños y jóvenes; porque cuando hay ideas y opinión se estimula al lector a que piense, se inquiete, se interrogue. Y seguramente eso nace de un buen texto, una buena imagen y un buen diseño”. Así, convida a los lectores a desempolvar los clásicos nacionales como El Espantapájaros de Oliverio Girondo −“Es un texto que me acompañó toda la vida y que hay que seguir leyendo siempre”, dice− o los viejos cuentos de Polidoro, publicados en los ’70, a los que considera una “verdadera obra maestra de los libros ilustrados para chicos”.

Su lista de recomendaciones continúa con los infaltables de María Teresa Andruetto y Ema Wolf. Y luego completa: “Lo que hace Isol es excelente en cuanto a lo que es el álbum. Tiene una manera de relatar que creo que es imprescindible de leer. Después Las mil y unas noches −es directamente adictivo− y los cuentos de Roald Dahl”. Finalmente, sugiere volver a los clásicos en sus versiones originales: Blancanieves, Cenicienta, Caperucita “para ver qué paso en el medio que se diluyeron tanto”, finaliza.

 

Con textos

En una sociedad en donde el avance de las tecnologías de la comunicación y de la información permea todos los escenarios sociales, incluyendo los hogares, es impensable creer que estas nuevas lógicas mediáticas no impactan en los modos de leer en la escuela.

“Hoy los chicos son más visuales y vienen con competencias ya genéticamente incorporadas en cuanto a la imagen: las nuevas generaciones asimilan todo lo que ven con mucha rapidez”, afirma. En este sentido, el narrador y dibujante lejos de cuestionar el lugar de lo audiovisual en los nuevos medios destaca el valor que tiene el hecho de que los niños y jóvenes accedan a multiplicidad de discursos y lenguajes: “La lectura no es contradictoria con las pantallas, con las cuestiones de la web. El problema es cuando no hay opciones y los chicos no tienen acceso al libro de papel, que no es para nada efímero ni necesita baterías para ejecutarlo”. “Creo que sí hay cuestiones que han cambiado y que tienen que ver con mayor inmediatez, pero afortunadamente hay una cuestión de base propia de la infancia que por suerte no hay manera de que se gaste”, argumenta Istvan y explica: “Los niños siguen siendo tan curiosos como siempre”.

Y ejemplifica: “Cuando estoy en contacto con los chicos les leo con el libro en la mano, les actúo; esas cosas que tienen que ver con la narración, con el poner el cuerpo, siguen siendo como en la prehistoria: a ellos les encanta”. Para el artista, la imaginación está intacta en los pequeños y se alimenta precisamente con lecturas desafiantes −de textos y de imágenes−, que inquieten. “Los libros no tienen el fin de traer soluciones, al contrario tienen que generar conflicto, para que cada lector de acuerdo a sus saberes encuentre las soluciones propias”, explica.

En este marco, Istvan entiende que el Estado, la familia y la escuela deben comprometerse y tratar de ofrecer a los niños acceso a multiplicidad de discursos. “Si hay un ámbito familiar donde los chicos no acceden más que a los juegos electrónicos entonces con el correr del tiempo se están perdiendo una parte del mundo, están quedándose sólo con un fragmento de él y por ahí se les hace extraño lo otro. Probablemente les cueste más vincularse con otros objetos culturales y haya que educar fuertemente con respecto a lo que es una pintura, por ejemplo, o la formación del lector”, sostiene. Así −entiende−, el problema no es la televisión o la computadora, el inconveniente se suscita cuando una de esas lógicas culturales bloquea al resto de las otras. “Es necesario que exista todo eso pero además que desde pequeños los niños se vinculen con el libro de papel, que vayan al cine, al teatro, que puedan crear y escuchar narraciones, que disfruten de momentos de la lectura en familia y en la escuela y ahí debemos poner el poco”, finaliza.

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