Mayor compromiso afectivo

septiembre 24, 2013

Tiempos difíciles para la adolescencia. Y para los adultos a los que les toca convivir con ella. Sin ritos de pasaje claros en el tránsito a la adultez –porque la independencia económica es cada vez más costosa y la paternidad se suele postergar–, los jóvenes suelen adoptar comportamientos de riesgo para demostrar su entrada al mundo adulto.

El consumo de tabaco y alcohol –entre las llamadas drogas legales–, la conducción peligrosa (a altas velocidades, sin casco en el caso de los motociclistas), las relaciones sexuales sin protección, entre otras conductas riesgosas, tal como señalan los especialistas entrevistados para esta nueva edición de Saberes, son las maneras que encuentran los adolescentes para mostrar que han dejado atrás la infancia.

Frente a ello, cada vez se hace más necesaria la presencia de adultos significativos: aquellos que los acompañen, escuchen y traten de colaborar y ofrecerles lo que está a su alcance. Cuando los estudiantes tienen la oportunidad de definir qué es un buen docente, el amor nunca está ausente. El amor que el docente tiene por lo que sabe, pero también por quien espera aquello que tiene para enseñar.

Porque además de comportamientos de riesgo, también existen factores protectores en los jóvenes: al menos un vínculo estable con un padre o adulto significativo, un clima educativo positivo, orientador, con normas claras; que se reconozca como un valor el enfrentar y resolver los problemas, así como la posibilidad de reflexionar y controlar los impulsos.

Es allí que los docentes y la escuela tienen un espacio importante para actuar. Ayudarlos a poner en palabras lo que sienten y les pasa, para que las respuestas no sean únicamente emocionales. Brindarles elementos para su cuidado, desde la preocupación genuina y amorosa. Nadie nos pide que lo hagamos solos; al contrario. Es momento de buscar alianzas, coordinar actividades con madres y padres que se encuentran con las mismas dificultades en su casa, acudir a organismos estatales y organizaciones comunitarias.

Es una buena oportunidad para que tanto docentes y padres como la escuela nos reposicionemos como referentes y establezcamos reglas que les sirvan a los chicos de protección, para no pasarnos unos a otros la responsabilidad por su cuidado y educación. Las instituciones educativas tienen más recursos y formación para conformar espacios que ayuden a pensar entre todos cómo acompañamos las nuevas formas de ser joven.

En este tiempo en que solemos repetir que no hay mejor lugar para los chicos que la escuela, los educadores que hacen la diferencia –primero para sus alumnos pero después para la sociedad toda– son aquellos que se preocupan por sus estudiantes, por que aprendan más y mejor. Mirar qué les pasa a nuestros alumnos, escucharlos, ser exigentes y claros en los límites, creer en sus capacidades, es la fórmula que comparten aquellos quienes han encontrado en la docencia un camino de realización, de alegría cultural y crecimiento. Con mayor compromiso afectivo.

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