Escuchar y acompañar,
ésa es la cuestión

septiembre 24, 2013

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Enseñarles a expresar sus emociones, explicarles las razones de los límites, abordar los temas que a ellos les interesan sin condicionamientos, y guiarlos sabiendo que las respuestas de ayer no son las soluciones de hoy, eje de la tarea que familia y escuela enfrentan con los adolescentes si quieren ser efectivas, en el análisis de la doctora Margarita Barrón.

La adolescencia siempre ha sido una edad difícil, sin embargo hoy, con mayor presencia de drogas, más violencia, una banalización de la sexualidad, se la presenta como distinta, ¿cuál es su opinión?

Los chicos están mostrando lo que la sociedad es. Hablamos “los adolescentes esto, los adolescentes lo otro”, como si los adultos no se drogaran, no tuvieran sexo promiscuo, no fueran violentos, o no protagonizaran accidentes por estar en estado de ebriedad… Como si todo lo malo estuviera en ellos.
En cambio uno ve en los jóvenes creatividad, búsqueda de soluciones, que muchos dan parte de su tiempo para el bienestar de otros y los que no lo hacen es porque no se los ha incentivado para eso. Obviamente, si lo único que se promueve es tener un lindo cuerpo, un buen peinado, linda ropa y demás; el chico a lo mejor no tiene oportunidad de demostrar todo lo bueno que puede dar. Me consta que hay adolescentes que van a otras escuelas a dar apoyo escolar a otros menos afortunados que no tienen cómo solventarlo.

El tema es cómo actúan los adultos…

A mí me preocupa mucho la actitud de ellos. Siempre digo que los padres tienen que sobrevivir la adolescencia de los hijos, pero además tienen que acompañarlos, comprender que la sociedad en la que viven sus hijos no es la misma en la que vivieron ellos. Sin embargo, cuando la escuela intenta hablar de algunas problemáticas –en lo que se refiere a adicciones, sexualidad–, como la comunidad educativa tiene que estar de acuerdo y siempre hay alguien que no lo está, las acciones se tienen que restringir, limitar, recortar. Quejas porque se les da a leer tal libro de literatura que tiene escenas eróticas: ¿y acaso no las ven en la tele?, ¿acaso no están viendo en los noticieros la cantidad de chicas abusadas, puestas en situación de trata? Los adolescentes tienen estos temas absolutamente presentes, ¿por qué esconderlos? Se sorprenderían los padres de las cosas que sus hijos saben, o al contrario de lo que creen que tienen claro y en realidad se trata de información que no es correcta. Los chicos están al tanto de dónde venden droga, cuánto cuesta; su acceso es absolutamente fácil: en la escuela, fuera de ella, en los boliches. Conocen quiénes son los dealers y estos padres no saben cómo encarar el manejo de sus hijos.

¿Por qué?

A los padres les falta orientación. No saben qué hacer, cómo aplicar las restricciones y tampoco se ponen de acuerdo entre ellos. Mientras los chicos tienen claras algunas cuestiones –saben que cuando toman mucho, pierden la noción de sus vidas y embroman a sus compañeros, que se asustan mucho y tienen que cuidarlos– y buscan soluciones –saben que toman en las previas porque el alcohol es más caro en los boliches, pero luego tienen sed y como les cortan el agua, buscan bebidas que sean voluminosas y alcancen para todos, entonces mezclan con energizantes, que los ponen más activos y les dan más sed–; los padres se pelean entre ellos porque unos organizan las juntadas en su casa y les compran bebidas y otros no quieren que tomen y cuando llegan sus hijos borrachos, no los dejan entrar a la casa y los dejan solos, en la calle, a las cuatro de la mañana. No hay un análisis de qué es lo que queremos que ocurra y qué no. Un papá decía: “Hicieron una fiesta, me levanté al otro día y había colillas de marihuana por todos lados. Me quería morir”. Yo me pregunto dónde estaba ese señor: ¿durmiendo, afuera con la mujer? No es un momento para dejar solos a los chicos. Tienen que estar acompañados. Tienen cosas para decir: a veces estamos tan apurados que no tenemos tiempo para escucharlos.

¿Falta diálogo?

La importancia de la palabra está muy dejada de lado: se come con el televisor prendido, se discuten todos los problemas financieros y acuciantes de la familia en la mesa, al momento de la comida, cuando quizás sería bueno escuchar, saber cómo les fue en la escuela, qué cosas les pasaron, cómo se llevan con sus compañeros, cuáles son sus reales intereses. Es muy triste ver jóvenes que no tienen una buena comunicación porque la familia no es de hablar. Los chicos entablan mejor diálogo con las madres; muchos padres están ausentes, ven esporádicamente a sus hijos o se ocupan únicamente de pasar la cuota alimentaria; los que hablan sienten vergüenza de tocar el tema del sexo o tienen una actitud discriminatoria, y al hijo varón lo alientan: “Yo también me emborrachaba, andaba con veinte”…

¿Y qué con las madres?

Y las madres, que son las que históricamente han estado al lado de sus hijos, hoy no están pudiendo comunicarse. Las chicas no escolarizadas tienen buena relación con sus mamás, pero dicen que no pueden expresar lo que sienten. Hay una dificultad para exteriorizar las cosas más profundas. Por ahí, los otros sí aunque no lo digan de buena manera. Uno les dice: ¿Y por qué se pelearon?, ¿se lo dijiste de esa manera?, ¿te gustaría que te trataran así? La respuesta es que si no hablan así no los escuchan. Este no escuchar y esta dificultad de los chicos para poner en palabras adecuadas lo que les está pasando, no favorece el diálogo.

¿Y con los otros adultos?

Yo estaba viendo la reacción de los chicos frente a la última elección, donde podían votar los adolescentes de casi 16 años hasta 18. De pronto había algunos que estaban muy politizados, pero otros participaban sólo para sentir que sus voces eran escuchadas. Para ser pensados como seres que están ahora y que necesitan respuestas ya: no en el futuro. Pasa también con los ginecólogos. Hay profesionales excelentes que atienden a los adolescentes, que se van a explayar, les van a hablar de cuál es la conducta sexual responsable en el uso de los métodos anticonceptivos, cuál es el que más conviene, están dispuestos a dialogar con la pareja, acompañarlos en este inicio de su vida sexual. Pero hay otros que no. Y los adolescentes se quejan y te dicen “La ley está. Yo puedo ir a buscar los anticonceptivos. Pero me tratan como si fuera una prostituta. Y no quiero volver más”. No se está pudiendo cambiar la mentalidad de los adultos que atienden a los chicos.

¿Y en la escuela, con los profesores?

A veces los docentes tienen la información –con el programa de educación sexual integral o la guía de intervención ante la presencia de drogas–, pero así como llega, baja: sin compromiso personal –afectivo, diría yo–, que es lo que los adolescentes más valoran. Sabemos que los programas que van únicamente a la información, no sirven, porque los chicos están en una etapa en la que su cerebro actúa a nivel límbico, de lo que llamamos el cerebro de reptil, que es donde se manejan todas las emociones, las sensaciones: está el centro del placer que tiene que ver con un neurotransmisor, la dopamina. Ese centro nosotros también lo tenemos pero bajo supervisión del lóbulo prefrontal que es el que nos organiza la conducta, el que dice: “Hoy tengo una entrevista, quiero hablar de tal cosa, lo logré o no, qué estrategia pongo en marcha para conseguir el objetivo”. Eso, en el adolescente todavía no ha terminado de madurar, recién lo hace después de los 20 años. Entonces, no sólo se trata de hablar con ellos, sino hacerlo desde la emoción. Es más efectivo desde allí que desde lo conceptual.

Necesitan sentir que los quieren, que le importan al docente…

Por ahí uno escucha a los chicos decir que están contentos porque tienen una suplente y entonces le pueden decir si no comprendieron: “Ella, con todo el cariño, nos vuelve a explicar. Entonces entendemos. Con la otra mujer, no”. El contenido es el mismo, evidentemente las dos profesoras conocen el tema, pero una lo explica con cariño y la otra no. El otro día hablaba con una docente de Literatura que me contaba que optaba, más que seguir el programa, darles a leer algo que les resultara significativo: “Prefiero saber que leyeron, que lo pongamos en común, que escriban, que digan lo que piensan, lo que sintieron, cuáles son sus historias, para que ellos se empoderen respecto de lo que hablan, de lo que leen, de lo que escriben”. Porque si no, terminan la escuela y no saben poner en palabras lo que sienten, lo que les pasa. Y mientras no puedan conceptualizar las emociones, las respuestas van a ser emocionales: tajearse, drogarse, accidentarse, tener relaciones sexuales sin cuidado.

¿Se trata de ver cuáles son sus intereses?

Sí, analizar con ellos qué del programa les interesa. No puede ser nada. Algo siempre hay. Y trabajar con proyectos que transversalicen las materias, porque cuando les importa un tema, son fantásticos. Los chicos están requiriendo ese cambio en la escuela: aprender lo que ellos necesitan. El experto tiene que buscarle la vuelta. El docente no está ahí para dar el programa, está para enseñarles a amar lo que enseña. Si no, después los alumnos terminan 6° año y no saben qué elegir para seguir: han visto tantas cosas, tan compartimentadas, y no han aprendido a amar lo que vieron. La función de la escuela tiene que ver, además de con dar contendidos, con enseñarles a quererse, a querer al compañero, al docente, el mundo actual.

¿Lo que está faltando es la idea del cuidado, del otro y de uno mismo?

Cuando vamos a trabajar a alguna escuela, tratamos de no hablar específicamente del tema de droga, de sexualidad, o de violencia, sino de autoestima, de aprender a decir las cosas en forma correcta, cómo ser empáticos y ponernos en lugar del otro –pensar qué circunstancias le toca vivir que lo llevan a tener actitudes que no son las esperadas–, cómo salir de una situación disruptiva, por ejemplo, en el aula entre los compañeros; pensar en soluciones, muchas veces a través de juegos, donde uno les presenta historias y les pregunta por alternativas, qué hubieran hecho ellos en esa situación. Por otro lado, no se puede todo el tiempo traer gente de afuera para hablar, por caso, de sexualidad, si queremos que ellos sepan que pueden abordar el tema con un adulto. Y no hace falta que el docente sea un experto, sino sólo que les trasmita que se cuiden. Otro tema son los accidentes: con $300, $400 por mes –y los chicos tienen acceso a esa plata– sacan una moto y no ven los peligros. Nunca en ninguna escuela me han llamado para hablar de accidentes. Y junto al suicidio son la primer causa de muertes violentas que podrían evitarse. No tomamos conciencia. Claro, a nadie le gusta hablar de la muerte. Entonces nos ponemos el manto tipo Harry Potter, que nos hace invisibles, y no lo vemos, no lo hablamos.

Los estamos dejando solos…

Tenemos una brecha grande de tiempo, en donde el chico está solo, recibe todo el bombardeo mediático y de las tecnologías de la información en donde permanentemente –si uno analiza los contenidos– sexo, droga y violencia están presentes. Mucho de lo que se escucha en el horario de protección al menor fomenta estas tres cosas. Y después uno intenta con una reunión, una charla en la escuela –en vez de abordar estas cuestiones de manera sistemática–, paliar lo que los jóvenes vienen consumiendo durante años y en los lugares más insospechados. Muchos dibujitos animados presentan situaciones sexuales que no son claras. Hay programas como Los Simpsons en donde la droga está latente y el alcohol está presente siempre. Y los de Disney, están pensados para generar mentalidades consumistas que promueven una serie de cuestiones que son inalcanzables. Eso provoca tensiones en la familia, el diálogo se rompe y los padres dicen “Ma sí, hacé lo que quieras”. El adolescente queda solo y cuando las cosas no salen bien, lo papás dicen “¿Viste? Yo te dije”. Se pierde el rol de control, acompañamiento, de saber dónde está el chico, a qué hora vuelve, con quién está.

¿Qué les decimos a estos padres, a estos docentes?

Tenemos que aprender a escucharnos. Los jóvenes no lo hacen. En las aulas, mientras habla uno, empieza el otro, no esperan que termine, no saben qué dijo el compañero, cada quien piensa en lo suyo y ahí se genera la falta de comprensión entre ellos. A lo mejor esa también es función de la escuela, esto de decir hablemos por turno, que no hace falta gritar para hacer oír la voz, que tenemos que pensar soluciones en vez de irnos a las manos. Explicarles a los chicos cómo son las cosas. Y, fundamentalmente, poder darles a los jóvenes proyectos de futuro, a largo plazo, que puedan visualizar recibirse, seguir estudiando, en la universidad, en un terciario. Para muchas chicas el proyecto es tener un hijo: nos encontramos que no todos los embarazos son no deseados. Muchas adolescentes los buscan. En los núcleos sociales más bajos, la maternidad es un proyecto, “el” proyecto, porque les da estatus social, algo propio, y porque no han podido visualizar ni siquiera desde la escuela las nuevas posibilidades que se les brindan.

¿Y a los padres?

Que es necesario que dialoguen, se interesen por lo que dicen los chicos, posterguen un poco los problemas personales –que todos los tenemos– y escuchen qué están tratando de decir sus hijos. Hay que estar muy atentos a lo que les pasa: los amigos son los mejores predictores. Por ahí, los padres están sobrecargados y no entienden su función ahora: dialogar, explicar por qué conviene una cosa y no otra. Antes era “no, porque lo digo yo”. Ahora son mayores a los 18 años, votan a los 16, pueden manejar a los 17: hay que explicarles, si no se rebelan y es peor todavía. Eso no significa pasar al “yo te entiendo”, sin poner límites. Me ha pasado, que un padre colega me dijera que yo también alguna vez debo haber tomado de más: “Sí, pero no puede venir su hijo borracho al colegio. Sí, pero no me trajo la policía de la oreja por escaparme de la hora de clase para robar alcohol del supermercado y tomarlo”. El mensaje deber ser “Sí, te entiendo, pero hay límites: a la escuela no se va alcoholizado”.

Actuar el rol de padres, y no de amigos…

Los padres que no actúan como tales, sino que se ponen en rol de pares tampoco están dándoles las respuestas necesarias a los chicos. Porque no son de esta época, no están al tanto de lo que realmente pasa –en el lenguaje, en las costumbres, en nada– y por ende sus respuestas no son válidas. Es como con las computadoras: uno se puede esforzar muchísimo, pero siempre está varios pasos a atrás de los nativos digitales. Lo mismo pasa con los estímulos que les da la sociedad y a los que ellos responden. El “yo cuando tenía tu edad” no sirve: estamos viviendo en otro mundo, en otras circunstancias, con otras presiones. Ahora todos tienen la opción de hacer todo. Y eso implica una explosión en la posibilidad de tomar decisiones. Y en esa toma de decisiones tienen que estar acompañados. Por otro lado, todos hablan de derechos pero nadie habla de las responsabilidades, de los deberes. Lo mismo con la cuestión del placer: es bárbaro, pero tiene límites. El deber, la responsabilidad, el hacer las cosas que a uno le gustan y hacerlas bien, la ética, no se contraponen, los adolescentes tienen que aprender a unirlas. Es muy difícil poder orientar a los chicos si no se habla de estas otras cosas.

¿Es en estas cuestiones que se ve la crisis de las instituciones como la escuela y la familia?

Que se encuentren en crisis no significa que esté todo perdido. Significa que tenemos que buscar caminos alternativos. La escuela sigue siendo uno de los mecanismos protectores reales que tienen los chicos. Todos los años cuando comienzan las clases en la facultad –soy docente de la escuela de Ciencias de la Educación– les pregunto a mis estudiantes cuáles han sido los factores que más han contribuido en su crecimiento y desarrollo. “Familia, escuela, educación”, siempre son los que aparecen primero. O sea que los jóvenes son conscientes de su importancia. Sólo que no estamos sabiendo cómo hacer para que sean, vuelvan a ser, valiosas y efectivas.

 

Margarita Barrón es médica pediatra, especialista en Adolescencia, doctora en Medicina, docente titular de la cátedra Crecimiento y Desarrollo de la Escuela de Ciencias de la Educación, y directora de la especialización en adolescencia, de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de Córdoba.

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Ilustración: Juan Paz.

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