“Una especie de ágora”

julio 24, 2013

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Problematizar antes que definir; reflexionar más que bajar línea y no tener miedo al conflicto, ejes centrales para trabajar contenidos vinculados a la libertad, la participación, la diversidad y la tolerancia. Enseñar con el ejemplo, podría sintetizar la propuesta de los especialistas Alicia Loforte y Sergio Andrade.

“La metodología no es algo accesorio: es parte del contenido. No podés enseñar organización colectiva con prácticas totalmente individualistas”, dice la Licenciada y Profesora de Filosofía y docente de profesorados, Alicia Loforte, apenas iniciada la charla acerca de cómo abordar la enseñanza de los nuevos espacios curriculares de primaria y secundaria, Identidad y Convivencia y Ciudadanía y Participación, que son la versión ampliada y mejorada de lo que hace muchos años conocimos como Educación Cívica.

Con Sergio Andrade, también filósofo y director del Instituto de Formación Docente René Trettel de Fabián son docentes del área de Filosofía del Seminario Taller de Práctica y Residencia de la Escuela de Ciencias de la Educación en la que enseñan a los futuros maestos cómo abordar temáticas vinculadas a la construcción de ciudadanía. Para los especialistas, si bien “los diseños curriculares vienen cambiando desde hace varios años, las prácticas se mantienen”.

“La cuestión pasa por un problema de enfoque; de qué esperamos de estos espacios” que –señala Andrade– deben ser de “formación y pensamiento críticos y construcción genuina de ciudadanía y participación política”. De allí que sea muy importante qué se entiende por cada uno de estos términos. “La discusión es si para ser ciudadano basta que uno diga ‘yo voto’ o ‘pago mis impuestos’; cuáles son las distintas concepciones que puede haber al respecto y hasta qué punto es un concepto potente como en su momento habían sido otros como los de pueblo o clase social”, agrega Loforte. “Si bien en la práctica hay mucho para discutir, es mucho más rica la idea de política y de ciudadano de los griegos porque involucra a la vida cotidiana y no sólo a las decisiones que tienen que ver con el Estado, como cumplir con las leyes y pagar los impuestos”, aporta Andrade.

Aunque Loforte desconoce si todos los docentes llevan adelante estas reflexiones, sí está segura de que “lo que ellos piensan al respecto, consciente o inconscientemente, se trasluce plenamente en sus prácticas incluso cuando podés sostener un cierto tipo de discurso del colectivo, de la participación y demás, pero de facto seguís dando clases de una manera en que eso no se visualiza, o con prácticas individuales de trabajo, en donde no hay discusión ni toma de decisión colectiva”.

 

Participar no es votar

Aunque discute la nominación que han recibido los espacios curriculares –que a su criterio deberían haber incluido la palabra educación–, le parece positivo que, en la primaria, “los contenidos de lo que antes se llamó Formación Ética o Ciudadana que por ley estaban pero que eran transversales –y a veces quedaban diluidos y nadie los daba–, ahora tengan un lugar en la libreta y deban calificarse: los maestros van a tener que dar cuenta por qué colocan determinada nota”. Sin embargo –apunta–, hay que tener cuidado de que no “se terminen calificando cuestiones actitudinales y procedimentales y que no se vea que hay saberes conceptuales que trabajar”. Y agrega: “Y además de eso, la necesidad de que si se habla de participación haya una participación genuina. Por ahí pareciera que democratizar es votar y entonces sometemos a elecciones de qué color vamos a pintar las paredes: eso sólo es disfrazar de democrática una situación que perfectamente la podría resolver el docente porque no afecta a nadie o no es relevante”. Así señala la diferencia: “En la participación se pone en juego una decisión que involucra la vida cotidiana de todos”. Y ejemplifica, de manera crítica, con las pautas de convivencia en las escuelas en las que los miembros de la comunidad educativa deberían ponerse de acuerdo en cuáles son las acciones permitidas y las que no, y las posibles consecuencias ante la transgresión a la norma: “Se habla de construcción colectiva, cuando el primero que se excluye de las reglas es el profesor”.

Además de la dificultad de lograr una metodología que sea verdaderamente participativa, Loforte indica que otra de las principales problemáticas que suele tener la enseñanza de la materia es que, en el aula, “prevalece una mirada sobre la ética como si el objetivo fuera transmitir valores y además estuviera claro de cuáles se trata”. “Hay una visión fuertemente deontológica, decimonónica, casi catequística, desde un deber ser. No está incorporada la idea de que pueda haber discusión: de que tus valores y los míos puedan ser distintos”, explica.

En este sentido, una de las cuestiones que más frecuentemente suelen aparecer en las capacitaciones es la de la llamada crisis valórica; “qué hacemos para salvar a los niños y adolescentes”, apunta Andrade, al tiempo que Loforte completa: “Existe un tensión muy grande entre el ideal socializante en valores hegemónicamente dominantes de la educación –que está presente en todos los espacios de ciudadanía, ética, cívica, moral o el nombre que adopte– y la construcción de autonomía. En las prácticas áulicas sigue ganando fuertemente la mirada disciplinadora por sobre la crítica”. “Y es cierto que esta tensión donde más crisis tiene es en el nivel medio”, reflexiona Andrade, mientras Loforte añade: “Son los únicos que son sanamente contestarios y tienen cierta energía para oponerse. Las subjetividades de los alumnos ya no las construye la escuela y por eso son perfectamente resistentes al enorme sistema de arbitrariedades que se monta contra ellos”.
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Problematizar es la cuestión

Puestos a hablar de cómo habría que enseñar contenidos vinculados a nociones como libertad, solidaridad, justicia, responsabilidad, respeto a la diversidad, democracia, participación, convivencia, Andrade señala que “desde lo conceptual, deberían ser puestos como problemas y no como definiciones taxativas. Tanto las cuestiones políticas como las éticas no pueden ser pensadas como una mera descripción o jerarquización de teorías”. “Por ahí es extrañamente revolucionario que uno plantee discusiones, que no prescriba, que dé el lugar para llevar textos que problematicen y generen polémicas”, sostiene Loforte.

“El espacio y la manera de enseñar no deberían ser dogmáticos. Lo que decía Alicia anteriormente: no se trata sólo del contenido sino de cómo se presenta y se trabaja en clase: debería ser una especie de ágora”, indica, al tiempo que ejemplifica: “La de la diversidad puede ser un debate que produzca movimientos en relación a hacerse cargo de la temática por un lado, y por el otro a sostener las diferencias”. Esto es, poder entender que el concepto de lo diverso supone que no necesariamente vamos a estar de acuerdo, lo cual implica una cierta tolerancia al conflicto, “uno de los principales problemas cuando se trabaja en la escuela”, según Andrade. Y explica: “Existe una mirada bastante funcionalista, donde el conflicto se ve como algo negativo, que debe eliminarse; cuando es inherente a las prácticas sociales; la relación con otro implica conflictividad”. El tema allí es que detrás de la búsqueda de evitar el conflicto, “está la prosecución del orden y cuando esto ocurre quien lo enuncia ya tiene establecido en qué consta, cuál es el orden al que hay que llegar”.

Frente a esta posibilidad, los especialistas vuelven a hacer mención a la necesidad de discutir, en contraposición a la de controlar la situación: “Mucho tiene que ver con el temor de los docentes, no sólo en relación a la disciplina sino también al conocimiento. Porque alguien que pregunta mucho, que te interpela, te puede dejar en offside”. Frente a esta situación Loforte contrasta: “Lo más lindo de un aula es que vos y tus alumnos descubran nuevas maneras de pensar las cosas. En las discusiones uno encuentra cuestiones que no se te habían ocurrido y se producen cambios en los modos de ver el mundo, y por ello, en los de hacer las cosas”. “El hecho de dejar la inquietud en el otro a mí me parece importante; que te diga que no puede volver a pensar un determinado tema de la misma manera. Y en este sentido, se pueden hacer muchas cosas en el aula, no sólo en este espacio curricular, sino también en Matemáticas, en Lengua… De la formación ética y ciudadana participamos todos”.

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Ilustraciones: Juan Paz.

Lo que otros están diciendo

  1. farias, maria cristina agosto 5, 2013 a 13:27

    soy profe de ciudadania y participacion, hablo mucho con mis alumnos, tratando formar buenos ciudadanos y sobre todo mejores personas, pero la directoria cada dos por tres me reta, porque dice que yo no doy clases…

  2. Carlos Ravina abril 2, 2015 a 20:34

    Sería estupendo que este artículo interpelara las salas de profesores… del planeta.

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