Comunicación alternativa

abril 18, 2013

Una investigación acerca de las formas y los contenidos de lo que escriben alumnos de tres escuelas secundarias en aquellos espacios que no son estrictamente curriculares arroja pistas sobre el mundo juvenil.

|

“Hay una especie de banalización de la escritura de los jóvenes; se considera que no leen, que no escriben; pero sí lo hacen y mucho: hay que ver cómo, qué y dónde”, afirma Mariana Beltrán, quien en su tesis para el Doctorado de Semiótica del Centro de Estudios Avanzados (CEA) de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), La apropiación del espacio público escolar: grafitis y otras prácticas de escritura juvenil, se propuso indagar estas cuestiones.

Recuperando parte del material que no había utilizado para su trabajo final de la Maestría de Sociosemiótica del CEA sobre la configuración de la identidades juveniles en la escuela, en cuyo análisis de los distintos grupos de alumnos de un colegio nacional universitario y de las actividades que desarrollaban, descubrió que existía “una impresionante abundancia de prácticas de escritura que los jóvenes realizaban para preservar su identidad: publicaciones de revistas internas, folletos, cuadernos”; Beltrán sumó a su estudio dos escuelas secundarias provinciales, una de gestión estatal y otra privada.

A pesar de que las instituciones educativas son lugares sumamente “escriturados” –se puede leer en la investigación–, “algunas prácticas situadas en los márgenes de lo permitido por los dispositivos escolares han sido menos estudiadas”. De allí que Beltrán centró su atención en carteles, banderas, esténciles, y otras escrituras alternativas. “El grafiti es una práctica representativa de los jóvenes en espacios públicos urbanos, que si bien parece novedosa tiene una tradición antiquísima: cómo ingresa al ámbito escolar era lo que me interesaba, en los baños, en los bancos, en la cartelería”, explica la investigadora, al tiempo que comenta: “Si nuestros abuelos ya escribían en la escuela y hoy se sigue haciendo, por algo es. Es propio de los adolescentes escribir en un espacio en el que no están autorizados, buscando el anonimato. Lo mismo ocurre con otras prácticas de escritura –en la ropa, el cuerpo, los útiles escolares–, que comparten el gesto grafitero de buscar la transgresión y de no saber quién escribe”.

“Hay una tradición higienista en la escuela moderna, un mandato de suprimir este tipo de actividades, por lo que existe una cierta desvaloración de lo que el grafiti implica y durante mucho tiempo ha sido considerado un acto vandálico. Por suerte, las políticas curriculares actuales –no pasaba lo mismo cuando hice la investigación– ya lo han incorporado en Literatura y Lengua”, explica.

 

Usos diferentes

En el trabajo, un estudio de caso en tres escuelas de la ciudad de Córdoba –que ofrecían características diferenciales desde el punto de vista de los rasgos socioeconómicos predominantes de la población que atiende, tipo de gestión y localización territorial–, Mariana Beltrán notó una “diferencia muy significativa en lo que es el uso del espacio público”: “La escritura está ligada a las posibilidades de participación que dan las instituciones”.

En la medida en que los establecimientos educativos promueven actividades organizadas por los alumnos –fiestas, olimpiadas, elecciones del centro de estudiantes, radios escolares– mayor es la proliferación de prácticas de escritura. “Cuanta más posibilidades tienen los chicos de plegarse a grupos, de participar en ese espacio escolar, más carteles, banderas y demás, se pueden encontrar en las paredes de las escuelas”. “Por eso es importante crear espacios de participación, porque así se generan procesos de alfabetización”, analiza.

Esto no ocurría en el caso del colegio privado, ya que a raíz de algunos problemas que habían tenido con pintadas realizadas por los chicos que resultaron ofensivas hacia otros compañeros y docentes, el uso de los espacios públicos estaba virtualmente vedado y lo que abundaba eran los escritos personales, privados: cartas, diarios íntimos, cuadernos. “La escritura juvenil tiene un carácter transgresor, que hay que tratar de vehiculizar, porque ese grafiti, que es propio del modo en que los chicos escriben, se va a producir igual”, explica la investigadora, y da cuenta de la manera en que los estudiantes escribían los baños y marcaban sus pertenencias. En este sentido, la tesis plantea que todas las formas de expresión que los adolescentes desarrollan “en el aula, en la ropa, en objetos personales, paredes y bancos constituyen formas creativas de resistencia al poder”, modos alternativos de apropiación del espacio escolar. Así, en aquellas escuelas en las que se delimitan lugares para escribir –tal como ocurre en el colegio universitario nacional, en el que los alumnos de último año tienen destinadas las ventanas de las aulas para pintarlas como si fuera un vitraux, a condición de que cuando termine el ciclo lectivo las limpien para los chicos del próximo curso– los jóvenes no invaden tanto los espacios comunes (con pintadas en las paredes del edificio).

“En aquellas situaciones en las que existe malestar educativo, los jóvenes lo siguen expresando a través del grafiti. Como el caso de ASCO, un estudiante grafitero experto de la escuela provincial estatal que decide nominarse con ese nombre luego de que lo separaran de su clase, sin consultarles a los alumnos en lo que él consideró una medida muy discrecional de la institución y que le hizo perder su grupo de pertenencia. Entonces este chico, que tiene un gran aburrimiento, no escribe dentro de la escuela, sino en la parte externa, bien alto, ASCO: ningún docente se puso a leer qué ocurría allá arriba. Lo mismo pasa en el colegio privado. Los estudiantes manifiestan su apatía y descontento a través de expresiones grafiteras en los bancos: ‘Esta profe es re aburrida’; ‘Faltan 10’ para que termine la clase’, y cosas así”, describe Beltrán. De todas maneras, la investigadora señala que no son muchos los casos en los que el grafiti conserva el carácter contestatario que tuvo en los ’70: “Lo que más se ve son prácticas en las que los jóvenes se representan a sí mismos, como grupos: ‘Las embrolleras’, las que hacen líos; las ‘Tentadoras’ porque se creen bonitas, ‘Los pirados’. Entonces se nominan para generar un sentido de pertenencia, o de adhesión a un género musical: ‘Las Damianceras’, ‘Las fiesteras’, por Damián Córdoba y La Fiesta”.

 

Valor educativo

“Mi objetivo era acercar el mundo juvenil al mundo adulto”, afirma Beltrán sobre la importancia del trabajo realizado, en pos de lograr que los docentes sepan “qué pueden hacer con los jóvenes” y que ellos a su vez “escriban cuando se les ofrece la posibilidad de hacerlo”. En este marco, la investigadora señala que el distanciamiento sociocultural entre estudiantes y educadores genera apatía y aburrimiento: “Es imposible que podamos trasmitirles aquellos saberes heredados a los jóvenes si desconocemos al sujeto con el que estamos trabajando, si pensamos propuestas que son del mundo adulto y negamos simbólicamente al otro”. “Hay docentes que prefieren considerar a los alumnos como tabla rasa, como si no trajeran nada. Pero si en eso que ellos escriben no se reconoce una tradición milenaria –el grafiti es lo más viejo que hay en escritura–, si no se parte de ese universo, es muy difícil lograr un vínculo pedagógico sin caer en el aburrimiento y la apatía, que puede generar situaciones de violencia en el vínculo o distracciones, que los jóvenes empiecen a escribir en forma paralela”, advierte.

“Tanto los carteles, las banderas, los grafitis, así como otras prácticas de escritura (esténciles, stickers) constituyen formas de expresión. Aun cuando no se desarrollen en espacios estrictamente curriculares, encierran valor y potencial educativo, pues construyen modos de representación y de recreación del lenguaje en la escritura, de todas las escrituras”, se puede leer en el trabajo. De la misma manera, la constitución subjetiva que se juega en esos espacios de protagonismo juvenil permite recuperar prácticas sociales culturales de referencia que hacen posible el planteo de cualquier situación problemática que el docente pretenda introducir en el aula.

Dentro de las prácticas de escritura que los jóvenes desarrollan y a las que los profesores deberían acercarse, Beltrán incluye aquellas vinculadas al uso de la tecnología: “Los chicos tienen las netbook abiertas y escriben a más no poder en Facebook o donde sea. Hay que conocer algo de esas formas: no para quedarse ahí, sino para traerlas y proponerles otras cosas”.

Así, Beltrán cita a Nicholas Burbules, quien habla del aprendizaje ubicuo y que la lógica de la escritura es de simultaneidad, por lo que “la exposición o la clase secuencial del docente resulta dificilísima”: “No digo que el maestro tenga que desplegar una lógica simultánea, pero mínimamente considerar que los alumnos tienen más de una lógica de escritura. Y que además es transgresora. El grafiti es una forma simple de escritura, un género rápido, económico, de mucha simpleza expresiva. Al profesor eso le puede servir; partir de algo que los chicos conocen muy bien y de repente derivar a otros géneros que traen otra complejidad. Eso también es darle valor a lo que los jóvenes saben”.

Así, Beltrán señala que el grafiti con su gran contenido icónico puede servirle de puente a los docentes con la era digital, en la que las tecnologías proponen narrativas interactivas, hipertextuales (con conexiones –links– con distintos textos) en las que los diálogos son simultáneos y cuyo lenguaje rápidamente asimilan los chicos, aunque no es su único medio de expresión: “Los jóvenes también escriben diarios íntimos, cartas, además de los “msn”. Además, en el aula también se da lo que llamo “chat diferido”, que inventan los chicos cuando no pueden enviar mensajes: pasan un cuaderno con forma de chat. Entonces, la tecnología se incorpora a un material escolar que ellos usan”. Así, tal como se puede leer en la investigación, “las prácticas de escritura se transforman en materiales para el juego literario y permiten construir otras escenas escolares, generando una experiencia cultural compartida que desafía el entendimiento del público con la incorporación de otros alfabetos y formas de lenguaje”.

En definitiva, se trata de, citando la parte final de la investigación, repensar las prácticas educativas en el espacio escolar, más allá de los mandatos fundacionales y disciplinares de la escuela moderna: “La reflexión sobre el sentido que estas prácticas tienen, en el marco de las políticas educativas actuales, permitirá crear nuevas ficciones, nuevas puestas en escena, otros modos de regulación de los tiempos y espacios escolares, en los cuales se admita al alumno no simplemente como un consumidor de culturas, sino más bien como sujeto social activo y protagonista de la dinámica cultural”.

 

Deje un comentario

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>

En este sitio los comentarios son moderados por la redacción. No se publicarán comentarios anónimos, agresivos o insultantes, como tampoco aquellos que hagan referencia a cuestiones ajenas a la temática pedagógica aquí tratada.