Religión, amigos y tiempo

febrero 21, 2013

En tiempos de transformaciones socioculturales que interpelan algunos de los preceptos eclesiásticos, un trabajo revela la manera en que los alumnos de colegios católicos se van conformando como sujetos sociales. En qué creen, las amistades que establecen y a qué dedican las horas que no están en clase, parte de la investigación.

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“No en todas las escuelas religiosas lo católico es lo central: en algunas, ir a misa no es una obligación”, afirma la licenciada en Ciencias de la Educación y Magíster en Investigación educativa Silvia Servetto, quien en el marco de su doctorado en Educación lleva adelante el proyecto de investigación Socialización y escolarización de las y los adolescentes en escuelas confesionales católicas de la ciudad de Córdoba.

En 2009, la docente e investigadora del Área Educativa del Centro de Estudios Avanzados (CEA) y de la Facultad de Filosofía y Humanidades (FFYH), de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), comenzó a trabajar sobre la manera en que se establecen y construyen las relaciones sociales en colegios de gestión privada, y dentro de ellos, los religiosos: “Durante cuatro años, con Patricia Mercado, habíamos investigado sobre los vínculos entre los adolescentes estudiantes en las escuelas públicas de Córdoba. Y allí había aparecido que muchos chicos provenían de las privadas, ya sea porque tenían muchas amonestaciones, o habían quedado libres por faltas, o porque no querían ir a colegios demasiado religiosos”.

“Esa fue una cuestión que me empezó a hacer ruido –afirma sobre los motivos que la impulsaron a elegir el tema– y sumado a una línea de investigación europea acerca de la escolarización de las elites, empecé a interesarme por trabajar en esas mismas problemáticas –los procesos de socialización–, mirando los colegios privados, y dentro de ellos los confesionales”. El interés por las escuelas privadas religiosas, en contraposición con las laicas –sostiene la investigadora–, provino, por un lado, de la importancia que ha tenido, a lo largo de la historia, la Iglesia “en la formación de las clases medias cordobesas”; y por el otro, del crecimiento que tuvieron de su matrícula a partir de los ’90.

“A raíz del deterioro y del trabajo mediático en contra de la escuela pública –de la que se decía que había mucha violencia, que era insegura, etc.–, las católicas aparecieron como un lugar de resguardo frente a los temores de la familia. Enviar un chico a un colegio religioso era mandarlo a un lugar cuidado, protegido”, señala. “A su vez, hay –como dirían los sociólogos– una búsqueda de los iguales: se pretende que haya cierta homogeneidad. Eso los padres lo reconocen”, indica Servetto.

 

Religión en cuestión

Uno de los objetivos centrales del trabajo de investigación era comprender cómo se articulan los procesos educativos en espacios atravesados por múltiples lógicas; y en ese marco, cómo los adolescentes ponen en cuestión, en tanto sujetos activos, aquellos donde se manifiestan fuerzas sociales, políticas e ideológicas de vertientes diferentes.

De allí que uno de los puntos de análisis fue la manera en que las creencias religiosas –que forman parte de los contenidos de esas instituciones educativas– resultan interpeladas por acontecimientos sociales y políticos, como son la sanción de las leyes de matrimonio igualitario y de identidad de género, entre otras, que transforman las prácticas sociales y habilitan a repensar la realidad. En este sentido, en la medida en que las nuevas normativas establecen nuevos derechos, “también instalan la posibilidad como esquema de acción y pensamiento; en especial para las jóvenes generaciones cuyas matrices identitarias, al igual que sus tomas de posición, se encuentran en proceso de constitución”, según se puede leer en el trabajo.

“El adolescente cuestiona su realidad dentro de la escuela, lleva el tema de los gays y las lesbianas, las relaciones prematrimoniales, el aborto, la píldora del día después, porque esas son las cuestiones que están en discusión, al prender la televisión”, resume Servetto. “No todas los colegios católicos son iguales –sostiene al referirse a la forma en que las instituciones educativas procesan los planteos de sus alumnos–, depende de las congregaciones: las hay más cerradas y más abiertas”. “Hay muchos matices respecto a lo que sucede al interior de ellas. Las hay confesionales donde lo católico no es lo más importante y otras donde es lo constitutivo de la formación de los chicos y las chicas”, amplía. En aquellas más aggiornadas a las transformaciones sociales y culturales –que en general suelen coincidir con las que son mixtas–, “estas cuestiones son trabajadas de manera más flexible”, en cambio en las otras “son censuradas”: “Son mal vistas y reprimidas tanto por las autoridades –que pueden llegar a amonestar– como por un grupo de estudiantes que forman parte de las familias más tradicionales”.

En este marco, Servetto afirma que las más ortodoxas –con formación separada por sexo– a pesar de darse cuenta de que están perdiendo apoyo de los chicos, se justifican, argumentando que eso se produce porque existe una crisis de la identidad católica. En cambio, en las otras, tratan de ser más tolerantes “no para ser complacientes con los adolescentes, ni para captarlos, sino porque como docentes y sujetos ellos también son interpelados por la realidad: les sucede lo de la separación, lo de la educación sexual a sus hijos, viven nuevas situaciones al igual que los estudiantes”. “En estos casos –analiza– se va haciendo un desplazamiento de la cuestión religiosa: los planteos son más acerca de los principios morales, de lo que está bien y lo que está mal para los chicos como sujetos, de lo que conviene y lo que no; que de los principios religiosos. Y en esta cuestión difusa con ambigüedades, los adolescentes van armando sus subjetividades en el ni”.

Así, Servetto observa que al interior de los colegios católicos se pueden encontrar grupos de alumnos que adhieren ideológicamente a los postulados de la cúpula eclesiástica; y otros que si bien no están de acuerdo “logran convivir”: “Piensan diferente, pero hacia el interior lo callan; asisten a clases, mantienen buenos vínculos, buenos afectos”. En una de las escuelas de monjas donde hizo su trabajo de campo, la investigadora encontró que entre las estudiantes “hay algunas que van armando una especie de mezcolanza o mixtura, en la que no terminan de amarrar bien todas estas cuestiones: por un lado, están de acuerdo con el aborto pero les daría culpa realizarse uno; les parece bien el matrimonio igualitario pero no que los gays adopten”. “Hay muchos matices, ambigüedades y contradicciones respecto a lo que sucede, a lo que viven fuera de la escuela y lo que ocurre al interior de ella, a nivel discursivo”.
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Tiempo es lo que falta

Entre los temas que fueron apareciendo, en el marco de las observaciones y entrevistas realizadas a los distintos actores institucionales de los colegios secundarios religiosos, se encuentra el de cómo los estudiantes ocupan las horas en las que no están en clases y el tipo de amigos o relaciones que establecen.

“Una de las cuestiones que me llamó la atención cuando realizaba el trabajo de campo fue el uso del tiempo que hacen; el ritmo y cantidad de actividades que tienen”, afirma. “Estos adolescentes, que cuentan con recursos económicos y culturales, comienzan desde temprana edad a vivenciar el tiempo como ‘algo’ que debe ser llenado con actividades, salidas, viajes y relaciones”, se puede leer en una parte del trabajo.

Según señala la investigación y que se desprende de la propia reconstrucción que hacen los jóvenes de su jornada, daría la impresión que los adolescentes viven sus días de manera rutinaria, monótona y excedidos de tareas, al tiempo que cuentan con “niveles elevados de exigencia y presión por parte de los adultos”.

“Son chicos súper exigidos; de muchas horas de estudio en la casa; en el colegio les toman muchas pruebas, les dan muchas actividades y les hacen hacer resúmenes; a veces están hasta tres horas. Esto pasa sobretodo en los más conservadores. Todos los días tienen algo para hacer”, afirma Servetto. Respecto a “la cantidad de actividades extracurriculares pautadas” que los jóvenes realizan, más allá de las escolares, la investigadora aclara que “tiene que ver más con una cuestión de clase que con la escuela católica”. Así, los adolescentes llenan el tiempo con asuntos vinculados al interés personal, o a las exigencias de los padres, y en “esta temporalidad se van significando como personas ocupadas y preocupadas por cosas para hacer y por hacer”. Así, las condiciones sociales y económicas posibilitan el acceso a la experiencia del tiempo y a partir de ella, se construye un tipo particular de ser social que progresivamente naturaliza un modo de estar con el mundo, de ocuparlo y vivirlo.

Pero aunque van a inglés, rugby, hockey, piano, jazz, y realizan dos o tres actividades –el que juega al rugby además va al gimnasio, las que van a inglés van a un taller de pintura–, paradójicamente dicen que se aburren.

En este sentido, Servetto indica que ese tedio es compartido por jóvenes de distintos estratos sociales, pero que a diferencia de lo que se puede ver en la escuela estatal, donde muchos de los chicos que provenían de colegios de gestión privada se encontraban aislados, iban circulando de un establecimiento al otro y no lograban afianzar amistades; en las religiosas –en las que generalmente se conocen desde muy pequeños y entre las familias– los adolescentes rescatan a sus amigos. “Por un lado, te cuentan todo lo que hacen para ‘sobrevivir’ a las largas jornadas dentro de la escuela; pero al tiempo que te mencionan lo del aburrimiento, también te están contando que es un lugar donde se encuentran con los otros”, analiza.

A su vez –cuenta la investigadora–, cuando empiezan a describir un día de su vida, de lo que hacen en el colegio, hablan desde el “nosotros” –que están entre amigos, que se fueron caminando con sus compañeros hasta la parada del colectivo–; en cambio cuando llegan a sus casas las actividades que realizan son todas individuales –dormí la siesta, miré tele, me fui a inglés–: toda una serie de descripciones en las que se encuentran ellos solos; recién a la noche aparecen los padres.

 

Amistades institucionalizadas

Otra de las claves de la socialización de estos jóvenes –además de cómo vivencian la experiencia del tiempo, realizando múltiples actividades que los preparan para un futuro– es el “encuadre institucional que poseen las relaciones sociales de amistad, compañerismo y las relaciones afectivas”.

Generalmente, las actividades de los chicos suceden en ámbitos institucionales: la escuela, el club, el gimnasio, la academia, etc. “Y los amigos, son personas que están dentro de estas instituciones”, apunta Servetto, al tiempo que aclara: “No aparecen en los relatos –al menos de los que realicé– los amigos del barrio, los ocasionales. Todas son amistades armadas en torno a un interés en común, adentro de un establecimiento y en un tiempo determinado: de tal hora a tal hora. Institucionalizadas también, porque a diferencia de los adolescentes de las escuelas públicas, donde había mucha presencia de la cosa de barrio, del estar circulando, dando vueltas por el centro; estos no son jóvenes que estén en la calle, sobre todo cuando son más chicos, a los 13 años más o menos”. “Luego –continúa explicando–, de más grandes, las fronteras geográficas se empiezan a abrir y se les permite avanzar un poco más, pero también bajo consignas muy cuidadas y controladas: a qué hora se van, a qué hora vuelven, con quién se van, quién los lleva, quién los trae. Nunca van solos. Siempre entre varios”.

Vinculada a esta cuestión, señala la investigadora, se encuentra el gran aumento de la matrícula que tuvieron los colegios católicos en los últimos 20 años, incremento que puede entenderse a partir de la necesidad de los padres, mucho de los cuales habían sido “formados por las escuelas públicas” de “tener a sus hijos protegidos, pero por sobretodo controlados”.

De allí también que para algunos chicos la cuestión religiosa los atraviese y sea un elemento diferenciador –de hecho, sus novios o novias son de los mismos grupos juveniles en los que participan–, y para otros jóvenes, no tenga tanto peso y pase a segundo plano. “A la hora de contar su rebaño, para la Iglesia valen lo mismo unos u otros”, reflexiona.

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