“La triste infancia del pasado”

febrero 21, 2013

Un estudio de caso sobre un reclamo realizado ante el Cabildo por la tenencia de cuatro hijos naturales huérfanos de madre, en la época de la Colonia, pone al descubierto el valor de la niñez siglos atrás.

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La historiadora española, nacionalizada mexicana, Pilar Gonzalbo Aizpuru acuñó la frase “la triste infancia del pasado”, en un libro donde investigó la historia de la familia, en la época del dominio español en América. Y Mónica Ghirardi, la investigadora del Centro de Estudios Avanzados (CEA) de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), recuperó esta noción en su estudio Reclamados, embargados, cobrados, cedidos. La niñez como ¿valor de uso? en Córdoba, Argentina, Siglos XVII-XIX, publicado en Familias Iberoamericanas ayer y hoy. Una mirada interdisciplinaria, libro que ella coordinó y publicó la Editora ALAP de Río de Janeiro, en su serie Investigaciones.

El trabajo de Ghirardi adquiere especial relevancia ya que en la Argentina no abundan los libros referidos al universo infantil en esa etapa, aunque en el caso de Córdoba pueden mencionarse los estudios de Nilda Duje y Dora Celton.

Después de advertir que ni “el concepto ni el lugar del niño en la sociedad fue siempre el mismo”, Ghirardi recuerda que, avanzada la Edad Moderna, los chicos no habían sido objeto de una consideración especial, ni la infancia había sido interpretada como una edad diferenciada de la vida adulta.

La propia autora define como objetivo central de su trabajo –parte de una investigación más global vinculada a la infancia en la Córdoba histórica– analizar, a partir de fragmentos de historias de vida, las características, prácticas y representaciones de la niñez en el pasado cordobés.

Son muchas e importantes las fuentes documentales analizadas por la autora, pero adquiere notable importancia la contextualización que realiza de un reclamo judicial por la tenencia de cinco hijos naturales mestizos, accionado por un individuo de etnia española tras la muerte de su concubina, que provoca el enfrentamiento con la abuela india de los niños, quien los había repartido en distintas colocaciones.

La mayoría de los expedientes judiciales que Ghirardi rescató del Fondo de Escribanías del Archivo Histórico de la Provincia de Córdoba versan sobre restitución de menores; denuncias por situación de servidumbre; litigios entre cónyuges por la tenencia de los hijos; reclamos por alimentos y solicitudes de reconocimiento de filiación. Y se vinculan a sectores infantiles subalternos de la sociedad. “Surge con meridiana claridad el interés que generaba la tenencia de los chicos para el mundo adulto, especialmente a medida que crecían y podían prestar servicios y desempeñarse en trabajos productivos. Cedidos voluntariamente para su crianza e instrucción, arrebatados por jueces pedáneos de sus hogares biológicos, tironeados por sus padres separados, su recuperación motivaría docenas de presentaciones judiciales ante el cabildo de Córdoba a lo largo del tiempo”, se lee en el trabajo.

En ese orden, constata que mientras más bajo era el estrato social de pertenencia, más dificultades existían para realizar un reclamo por la tenencia de un niño ante la justicia y que, en ciertas ocasiones, se nombraba al menor con nombre y apellido, aunque en el caso de los infantes indios se utilizaba su nombre de pila, acompañado de algún epíteto referido a su situación como en el caso de la “sirvienta Anita”, designada también como “india preñada”, en otra parte del expediente; en el caso de Bernabé, nene de ocho años, se hace referencia a él como “mestizo”, “indio” “pieza” o “muchacho”; a María Simona de ocho años, se la identificaba por su filiación de “hija natural”, reclamada por su padre; en el caso de una niña española, también de alrededor de ocho años, disputada por su abuela, la mujer, que se reconocía como pobre, nombraba a la nieta como “una chica”, una “criadita”, “una flor de mi hija”.

Pero retomando el tema del expediente citado, que obra como verdadero estudio de caso, las acciones se inician cuando, en octubre de 1687, don Francisco Fernández Oporto, vecino morador de la ciudad de Córdoba, concurrió ante la justicia ordinaria del Cabildo para presentar solicitud formal de entrega de cuatro hijos menores que decía haber concebido con Ana de Sosa, mestiza soltera, natural de Córdoba, a quien reconocía como su manceba por el tiempo de diez años. Los acontecimientos llevaban a la confrontación de Oporto con la abuela materna de los niños (india natural de la ciudad), quien desde el momento del fallecimiento de la madre de los pequeños, tres meses atrás, había quedado a cargo de ellos.

Según el hombre, su reclamo se sustentaba en la intención de cumplir con lo que denominaba sus obligaciones de padre, proporcionándoles una educación acorde a su status, considerándolos “ya españoles” y haciéndose cargo de su sostén; denunciaba además la existencia errante de “gitana” [sic] de la abuela y su imposibilidad de sustentarlos, con la consiguiente entrega a terceros en forma poco criteriosa, separándolos entre sí, y originándoles situaciones de maltrato y otros padecimientos, según se puede leer en el acta del Cabildo: “…Los va dando y repartiendo a las personas que le paresen [habiendo entregado el menor a Pascual Fernández y otro a una mestiza] con que andan descarriados y arrastrados y maltratados para cuio remedio y que yo acuda a mi devida obligación y por ser como soy de mejor derecho que la dicha su abuela para tenerlos en mi poder”.

En un primer momento, el alcalde Domingo de Villamonte ordenó la entrega de los niños al reclamante, pero la cuestión se complicó cuando compareció la india Bernarda González, acompañada por el Defensor de Naturales, para proclamarse “legítima tenedora” de sus nietos, poner en duda el vínculo filiatorio de los chicos con el accionante, afirmar que nunca había reconocido como hijos a los pequeños y sostener que sólo lo guiaba un interés utilitario para sacar provecho del trabajo infantil.

Bernarda advertía que ella venía criando a los niños con mucho esfuerzo, manteniéndolos con sus “travajos y pobreza y gastando en ellos” (sic) con la idea de que, una vez crecidos, pudieran retribuirle sus afanes.

Meses después, el Defensor de Naturales planteó que no todos los chicos eran de Francisco Oporto. Y logró que atestiguara el teniente Nicolás de Guevara, quien aseguró que la fallecida Ana, antes de morir, le confesó que de los cinco hijos (uno había muerto antes del pleito) sólo tres eran del reclamante; mientras los restantes eran de don Sancho Cornejo y de “un fulano” Varela, vecino de Catamarca.

Finalmente, luego de mucho tiempo y de apelaciones que llegaron hasta el gobernador, don Tomás Félix de Argandoña, sólo dos de los niños le fueron otorgados al reclamante, con la condición del pago de alimentos. Pero quedó claro, como dice Ghirardi, que “para la abuela Bernarda, fallecida la hija, el trabajo de los nietos varones equivaldría a un seguro en su vejez, y para Francisco una mano de obra nada desdeñable en las múltiples tareas de campo que desarrollaba”.

La autora termina preguntándose si los chicos, motivo del pleito desarrollado, fueron protagonistas en algún momento, de esta historia. Y concluye que, por el contrario, fueron los grandes ausentes de la causa. De ahí su coincidencia con la frase de Pilar Gonzalbo Aizpuru acerca de “la triste infancia del pasado”.
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Ilustraciones: Juan Paz.

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