“Hay que escuchar a los adolescentes”

febrero 21, 2013

Daniel Jones afirma que el punto de partida para enseñar educación sexual es atender cuáles son los intereses y las dudas de los alumnos. Además recomienda a los docentes cuidar especialmente lo que dicen y hacen dentro del aula para poder generar sujetos de derecho que puedan disfrutar de la vida, en vez de seres perseguidos y culposos.

 

–¿Cómo debería tratarse la enseñanza de educación sexual en las aulas?

–Hay que tratar la sexualidad en tanto construcción social, producto de regulaciones políticas, legales, entramados afectivos…, y salir de la mirada biologicista. Es un lugar común decir esto, pero a veces es fuerte la tentación de volver a una educación sexual para la salud. Darle un espacio para charlar sobre la afectividad –con un extremo cuidado de no bajar línea acerca de cuáles son las relaciones legítimas o ilegítimas–; hablar del deseo; de la voluntad y de la falta de voluntad; de la coerción, para generar recursos para que las y los adolescentes cuando elijan su vida sexual y sus relaciones afectivas sepan que pueden decir que no. Y esto es para varones y para mujeres, porque así como las chicas pueden ser coercionadas por los chicos –en el marco de relaciones heterosexuales– también los hombres pueden serlo, de alguna manera, por su grupo de pares para iniciarse sexualmente más temprano de lo que quisieran.

–¿Cuál debería ser el punto de partida?

–El punto de partida tendría que ser escuchar cuáles son las demandas y las dudas de los propios adolescentes. La primera necesidad de ellos es que los oigan. Cuando hacía las entrevistas para mis investigaciones, les agradecía por su tiempo y sus respuestas, y ellos terminaban diciéndome: “Hace mucho tiempo que un adulto no me escuchaba durante una hora”. Por otro lado, uno puede decir que va a hablar de sexualidad y negarse a hacer referencia a ciertas cuestiones. Una chica me contaba que la profesora les había dicho: Hoy va a ser la clase del año donde conversemos sobre educación sexual: ‘¿Quién quiere empezar?’”. Cuando un compañero se animó y dijo que él quería charlar de la primera vez, le contestó que de eso no. Otro pidió tocar el tema de la masturbación. Y tampoco. Aunque todos estaban contentos porque al menos no los habían retado… Esto da cuenta de que en algunas escuelas hay una sola conversación al año sobre educación sexual y se censuran determinados temas.

–¿Cuáles son aquellos que no deberían omitirse en una charla sobre ESI?

–Todos. No puede haber negativas o castigos por hablar de ciertos temas. Ya nadie cree que el sujeto a educar sea una tabla rasa sobre la que uno imprime conocimiento. Un adolescente varón al empezar el secundario seguro tuvo contacto con la pornografía. Entonces la pregunta es qué se hace en la escuela para dar una visión alternativa a los valores y a los contenidos que transmite la pornografía en sus distintos grados de explicitación. Hay que pensar cómo trabajar con los otros materiales de educación sexual que están circulando en los medios de comunicación a los que tienen acceso los alumnos. ¿Por qué no trabajar en análisis crítico de medios; hablar sobre el rol de la mujer en los programas de televisión; o de las ficciones que tematizan la diversidad sexual, a través de historias de gays, de lesbianas, o la aparición de figuras travestis, transexuales? No hay una articulación desde el Estado, ni una iniciativa coordinada, mancomunada para generar este tipo de dinámicas. ¿Por qué? Porque se trabaja con docentes que traen otra formación, a los que les cambiaron el caballo a mitad del río. La educación sexual para ellos era la clase de biología o de educación para la salud, una vez al año. De golpe, les dicen que es integral y que atraviesa toda la currícula. Entonces hay que ofrecerles herramientas de capacitación.

–¿Por qué hablar de esto en la escuela y no en la familia?

–No son excluyentes. El Estado tiene una obligación –ya sea a través de sus escuelas públicas o de las públicas de gestión privada, que incluye a las confesionales– que es proveer salud, educación, para que la gente pueda, dentro de sus proyectos vitales, a la edad que sea, desarrollar su vida sexual. Esto tiene que ver con evitar las consecuencias negativas de la actividad erótica –como la coerción, las enfermedades de transmisión sexual o los embarazos no planificados– pero también con generar condiciones de buen vivir para los jóvenes. Por supuesto que las familias pueden brindar esto. Ahora, ¿todas lo hacen? Es posible que no. ¿Todas tienen recursos equivalentes para brindarlo? Quizás no. ¿Qué hacemos frente a esta situación de desigualdad de las y los estudiantes? ¿El Estado se ausenta y deja que cada familia lo haga a medias o no lo haga? ¿O genera un piso mínimo que pueda complementar o superar lo que se ofrece en las propias casas?

–¿No todas las familias están en condiciones de brindar información adecuada?

–Según lo que dicen las investigaciones y lo que yo he charlado con los docentes, para la mayoría de los padres y las madres resulta un tema muy incómodo hablar de sexualidad con los hijos. Siguen prevaleciendo frases genéricas como “Cuidate”, hasta situaciones donde se replica la desigualdad de género, en donde a los varones se les entrega un preservativo, pero a las mujeres no se las lleva a buscar un anticonceptivo ni se les da profilácticos. Entonces el Estado tiene que asumir una perspectiva de derechos y una perspectiva de género, para garantizar no que tengamos una sexualidad placentera, sino una serie de derechos mínimos que nos permitan el ejercicio a posteriori de una vida sexual. Si a mí me abusan, porque nunca me explicaron que hay cosas que no me tienen que hacer, el Estado tiene ahí una responsabilidad.

–De lo que pudo investigar, ¿qué opina del grado de implementación de la Ley?

–Hay muchas instituciones e individuos que han asumido este compromiso de una manera absolutamente militante. Hay un Estado Nacional que viene produciendo materiales. Pero qué sucede en cada provincia es un punto clave. La batalla de la educación sexual se da distrito por distrito. A su vez en cada uno de ellos, los directivos de las escuelas tienen la potencialidad de obstaculizar o de dinamizar la enseñanza. Si el Estado provincial acompaña todo va mucho más rápido. La discusión es si trabajamos con la sociedad civil, los movimientos sociales y un Estado fuerte, o si cedemos a otros esa porción de la educación. A nadie se le ocurría pedirle a la Iglesia Católica que organice los contenidos de Matemática o de Historia, pero se cree que ella –o la de cualquier otro credo– tiene una autoridad especial para hacerlo en temas de sexualidad, cuando debería ser una voz más. Hay que tener en cuenta que tenemos que generar condiciones para que los sujetos –adolescentes, jóvenes, niños– sean lo más autónomos posible y estén con las mejores defensas, y las mejores defensas no son idearios morales de base religiosa, sino saberse dueños de derechos.

–Y en esto de enseñarles ¿qué temas son fundamentales?

–Hay que establecer cuáles son las prioridades de los adolescentes. Esto no quiere decir que el programa lo dicten ellos, sino negociar lo que uno tenía previsto y lo que les preocupa a ellos. Sobre la primera relación sexual hay muchos mitos, temores, expectativas, frustración, presión entre pares, o de las parejas. Hay muchas situaciones de violencia en los noviazgos. También hay que descentrarse de la heterosexualidad. Si vos enseñás, como eje de la clase de educación sexual, el embarazo adolescente, estás presuponiendo que todas las relaciones van a ser heterosexuales. Ahora, ¿qué pasa con toda la vasta gama de experimentación de actividades eróticas, sexuales, incluso coitales, que se dan entre varones o entre mujeres? Tenemos que cuidar qué mensajes reforzamos como docentes. Siempre hay bajadas de línea dentro del aula; es inevitable. Pero una cosa es generar sujetos de derecho, empoderados, con potencial de disfrute de la vida, y otra, sujetos culposos y perseguidos. Hay muchos niños y niñas o adolescentes que están pasando situaciones dramáticas, por eso hay que tener mucho cuidado con cómo se transmiten los contenidos.

–¿Podría dar un ejemplo?

–Hay muchas formas sutiles para generar dinámicas de charlas sobre los contenidos audiovisuales que incluso permiten escuchar qué prejuicios tienen los chicos. Por ejemplo, hay un programa en TV que se llama La viuda de Rafael, donde hay una travesti que se sale de la idea de la travesti prostituta y siliconada. En función de eso, se pueden generar preguntas y dinámicas inteligentes y participativas que corran el foco de las imágenes estereotipadas y muestren que hay otras formas de ser travestis, que hay amor, que hay proyectos familiares. Se trata de elegir bien los estímulos y plantear qué les provocan; trabajar con las concepciones que tienen los propios adolescentes, porque están hiper bombardeados por mensajes sexuales. Ahora, ¿qué hacen los docentes con eso? ¿Hacen como si no existiesen y van por otro camino? ¿O dialogan críticamente con el programa de Tinelli, con la pornografía que ellos ven, con las series de ficción en las que aparecen casamientos de parejas gays? Esto demanda que los docentes se involucren, estén atentos y sean buenos lectores de la realidad, para generar más interés entre los adolescentes

–¿Cómo hace la escuela para no reforzar estereotipos?

–Yo no soy un especialista en tecnologías educativas, lo que puedo decir son grandes lineamientos. Una cuestión tiene que ver con la enseñanza de los contenidos. Y otra es qué pasa en la dinámica de convivencia en el aula, en los pasillos o en los recreos. Vos no podés estar enseñando el respeto a la diversidad sexual y permitir que hostiguen al nene amanerado. Tenés que generar que los contenidos sean acompañados por prácticas institucionales. Si vos permitís que en el patio los adolescentes varones jueguen al futbol y las chicas estén en un lugar chiquitito charlando, estás dando un mensaje claro sobre qué lugar ocupan unos y otros. Lo mismo que si vos obligás a las mujeres a usar guardapolvos y a los hombres no… Quién ocupa los patios, los pasillos, qué se les tolera y aplaude a los varones, y qué no se espera de las mujeres, qué tipos de valores morales se transmiten, por ejemplo, cuando hablamos de embarazo: todo el tiempo estamos bajando línea y si no levantamos los umbrales de vigilancia de nuestro propio comportamiento lo que vamos a hacer es reproducir la desigualdad de género. A partir de todas estas instancias se puede generar un sentido común más amplio, más celebratorio de las diferencias.

 

Daniel Jones es Doctor en Ciencias Sociales, Licenciado en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires e investigador del CONICET, con sede en el Instituto Gino Germani. Participa del Grupo de Estudios sobre Sexualidades (GES) y de proyectos nacionales e internacionales, en el marco del Área de Salud y Población.

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Ilustración: Nacha Vollenweider.

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