“Deberíamos aplicar el ejemplo de los médicos”

febrero 21, 2013

La importancia de la formación docente inicial para garantizar la calidad y la igualdad educativas; la generación de sistemas de conexión entre la teoría y la práctica, por un lado, y los institutos que forman educadores y los establecimientos escolares, por el otro; así como la necesidad de fomentar la vocación y la responsabilidad profesional, algunos de los temas abordados con el especialista chileno Sergio Martinic.

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“Un docente debería estar preparado para ser un buen profesional en contextos difíciles y no sólo en aquellos que le sean favorables”, indica Sergio Martinic, vicedecano de la Facultad de Educación de la Universidad Católica de Chile y especialista en evaluación de la calidad y equidad educativa para Chile y América Latina, para quien es necesario que la formación inicial marque al educador con un sentido y un compromiso fuerte con su tarea, y le dé herramientas para actuar en cualquier situación: “Si el profesor no ha tenido práctica en contextos problemáticos, ante la primera escuela difícil con la que tenga que lidiar, va a salir corriendo”.

Para el antropólogo y doctor en Sociología de la Universidad Católica de Louvain, Bélgica, es imprescindible “generar un sistema de conversación y de conexión permanente entre la formación académica y la práctica, con el fin de lograr nuevos profesionales más capacitados en ambos tipos de saberes”.

–¿Cómo se hace para reunir estos mundos: el académico o teórico y el de la práctica?

–El del pedagogo y el del docente son dos discursos que no tenemos por qué verlos como contradictorios o antagónicos. Son dos tipos de saberes muy importantes en la profesión de profesor. Uno académico, más disciplinar, y otro práctico, más profesional. Aunque no es lo mismo, podemos poner el ejemplo del médico, que aun teniendo un saber disciplinar, que pasa por su formación biológica, científica, no está habilitado para operar o atender pacientes. Para eso necesita muchas horas de práctica clínica, donde aprende mirando a otros médicos. Entonces, deberíamos aplicar lo mismo en educación: el profesor, en su práctica, tiene un tipo de saber muy importante, que el estudiante o el formador de la Universidad o del Instituto no tienen y deberían admirar. Y al mismo tiempo, para el profesor que está en la práctica, en el aula, puede ser muy importante el conocimiento académico.

¿Los pedagogos deberían estar presentes en las escuelas, dando clases a los docentes en su propio ámbito de trabajo?

–Ese sería el ideal. En Estados Unidos, por ejemplo, existe en algunos Estados ese esquema, en que el formador de formadores tiene horas en un establecimiento, como profesor de esa escuela, y después lleva allí a sus alumnos, para que vean cómo él da las clases. Entonces, en algunas materias –por ejemplo las didácticas de Matemática, Lenguaje– el académico puede compartir horas de clase en un establecimiento escolar y en la Universidad o el Instituto. Pero hay muchas otras asignaturas que son propiamente universitarias y no tienen correlato en las escuelas, porque son más generales, como Filosofía, Epistemología, Metodología de la Investigación.

En esos casos, ¿qué se puede hacer?

–Ahí lo que hay que tratar es de tener un buen sistema complementario: un Instituto de Formación puede trabajar con una red de establecimientos escolares, a los que conozca muy bien y mande allí a sus alumnos para que hagan prácticas profesionales. Luego, debe tener buenos supervisores, o algunos profesores que cumplan bien el rol de supervisar a los estudiantes en su práctica, y eso conecta el ámbito académico con el de la práctica. En el mundo hay distintos modelos, pero todos coinciden en que es muy importante acercar estos espacios, ponerlos en conexión.

 

Cuestión de valores

Respecto a las situaciones problemáticas que los docentes deben atender en su tarea diaria, y a la que no siempre saben cómo afrontar o no tienen la intención de hacerlo, Martinic señala que “si el docente no tiene resuelto un mínimo aceptable en cuanto a sus condiciones de trabajo, va a tener problemas de motivación o de compromiso, como pasa en cualquier trabajo”. De todas formas, para el especialista, la vocación y la responsabilidad deben ser fomentadas en la formación inicial, la cual debe marcar a los futuros docentes y prepararlos para enfrentar contextos difíciles.
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¿Cómo debería ser la formación inicial?

–La formación debe preparar al docente con un sentido y un compromiso profesional y valórico. Mientras más temprano incorporemos los problemas concretos que tiene el desempeño profesional y que no sean una sorpresa, es mucho mejor. Volviendo al ejemplo de los médicos, el estudiante desde 1° ó 2° año de su carrera está viendo enfermos –no está viendo sanos–, está en contacto con los problemas, y ¿cómo los soluciona?, con una ayuda, con un experto que le va indicando el camino. Esa es la idea. Tiene que haber una buena formación para que el docente esté preparado para actuar en situaciones difíciles, pero sobre todo debe existir una formación valórica y de compromiso social, porque trabaja con personas. Y en condiciones de adversidad tiene que haber una motivación personal muy fuerte más allá de lo económico: el educador tiene que saber que su realización como profesional pasa también por trabajar en contextos difíciles.

En la práctica áulica ¿cómo se achica la brecha entre el docente y su alumno, cada quien con su cultura, su esquema de valores?

–Normalmente es un tema de métodos. Si el concepto está muy abstracto, en un lenguaje que no entiende, el chico no va a aprender. Entonces, el docente tiene que hacer el esfuerzo de conectarse con el mundo y la cultura del joven o del niño. Ése es su trabajo: conectar conceptos muy abstractos con el conocimiento cotidiano, la vida, los problemas diarios que tiene el niño, para que tengan sentido para él. Es un problema de métodos, que requiere, quizá, que en el aula haya menos alumnos, trabajar con grupos, recurrir al diálogo, usar muchos ejemplos, que haya preparación de clases. Los docentes tienen que ponerse realmente en el lugar del otro para enseñar de acuerdo a los lenguajes y a la cultura del niño o del joven.

Pasa con las nuevas tecnologías, con las netbook, que después no son usadas en el aula por los docentes…

–Eso se ha visto en muchos países. No es la tecnología en sí misma la que va a ayudar al cambio, sino su uso. Y hay un tema generacional –los docentes, comparados con sus alumnos, manejan mucho menos la tecnología– y de formación inicial (porque no tienen una formación de base). Los profesores tienen que incorporar la tecnología en sus clases, y lo han hecho, de a poco. Cuando aparecieron las calculadoras científicas, la posición del maestro era la de prohibir su uso en clase; en cambio hoy en día están integradas. Yo creo que va a ir pasando lo mismo con el resto de las tecnologías, pero es un proceso lento.

 

Calidad educativa

Puesto a reflexionar acerca de cuáles son los principales desafíos y problemas que tienen por delante los sistemas educativos en América Latina, Sergio Martinic, quien en los últimos años ha trabajado e investigado sobre los modos de evaluación de la educación en el continente, vuelve a hacer hincapié en la formación docente, como manera de garantizar la calidad y la igualdad educativas.

¿Cuáles son los grandes desafíos de la educación en Latinoamérica?

–En todos nuestros países, queremos una educación de calidad, que esté a buen nivel a escala mundial, y además que sea equitativa, que esté al alcance de todos. Y en ese sentido, son muchos los desafíos, entre los cuales, sin dudas, el principal es la formación de maestros, que debe ser muy buena. Y eso implica políticas, recursos, apoyo. Porque se ha demostrado que donde hay un buen profesor, las cosas cambian. Pero, al mismo tiempo, necesitamos buenos directores, recursos materiales, para que todo eso, en conjunto, vaya contribuyendo a tener una educación de calidad. Pero si tuviera que decir cuál es el desafío más importante, creo que es la formación de docentes. Ahí tendríamos que estar preocupados, poniendo muchos recursos, apoyo.

Y cuáles son los problemas más graves que enfrentan las sociedades latinoamericanas en relación con la educación?

–Creo que el más transversal es la desigualdad. Nuestros sistemas educativos contienen mucha inequidad. Entonces, hay escuelas con muy buenos resultados y otras con muy malos. Los niños más pobres acceden a los colegios con peores logros, entonces hay muchas diferencias que afectan a la homogeneidad interna de las naciones, la cohesión, el logro de metas más complejas para los países.

¿Hay lugar en nuestros países para la expresión de aquellos jóvenes que no se sienten enmarcados en los límites de lo que establece la currícula oficial?

–La tendencia, efectivamente, a nivel internacional es que todos los estudiantes tengan una educación básica común. Lo que varía según los países son los años que ella dura: en algunos son ocho; en otros, diez; en otros, doce. Y luego, en el secundario, debería haber especializaciones diversas, para que el joven pueda diferenciarse por intereses. Esos últimos años tendrían que ser diferentes y el Estado debería ofrecer muy buenos espacios para desarrollar esa diversidad. Porque efectivamente, no todos quieren lo mismo; cuestión que antes daba igual, porque sólo el 30% de los jóvenes estaba en la secundaria. Pero hoy la cifra es mucho mayor.

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