Aprender a escuchar

febrero 21, 2013

Todos sabemos que de lo que haga el sistema educativo hoy contribuye a que una sociedad sea más o menos justa, en el futuro. Es en las aulas, pero también en el patio y en las actividades extracurriculares, donde se juega el sentido de nuestra misión social: transmitir conocimientos y guiar a nuestros alumnos en los procesos de socialización y preparación para el ejercicio de una ciudadanía plena.

Y es justamente en la conciencia de que aquello que hacemos o dejamos de hacer modifica las condiciones de vida y de existencia de los chicos –y también las nuestras: la de todos quienes aspiramos a un país más equitativo y solidario–, donde nuestro compromiso se acrecienta. Una escuela –lo hemos dicho infinidad de veces– promueve la justicia social cuando distribuye igualitariamente el conocimiento.

Y esa que es una decisión política –la de brindar conocimientos de calidad de manera equitativa, a todas y a todos– incluye a la educación sexual integral. La escuela puede, y debe, equiparar las oportunidades de acceso a la información de los niños y jóvenes del país y garantizar el ejercicio de sus derechos. Porque como sostiene la consultora de UNICEF, Eleonor Faur, las diferencias y desigualdades sociales, culturales y regionales tienen efectos diferentes en los niveles de embarazo y maternidad y en la manera en que estos se transitan. Y porque además en función del contexto y la formación recibida también son distintas las maneras de considerar las problemáticas de género: el rol que se atribuye a hombres y mujeres, la vivencia de la maternidad y la paternidad, la identidad sexual, entre otras.

En este sentido, son los educadores quienes pueden posibilitar que en la institución escolar, como espacio fundamental de socialización, los chicos aprendan a vincularse, a escuchar y a respetar la diversidad.

Y aquí son muchos los temores que los docentes enfrentamos: a no saber qué decir, a creer que los chicos saben más que nosotros sobre algunos temas, a vencer la vergüenza que la temática nos provoca. Se ponen en juego nuestras propias biografías personales, y debemos revisar si no son nuestros propios miedos, prejuicios y tabúes los que priman a la hora de abordar los contenidos de educación sexual.

Más allá de que cada quien tenga dudas acerca de cómo abordar la problemática en su disciplina –para lo cual el Ministerio a través del Programa Provincial de Educación Sexual Integral viene realizando talleres y foros de capacitación y ha puesto a disposición cuadernillos y materiales pertinentes– existe una receta que nunca falla para trabajar la temática: escuchar, construir un espacio de diálogo y confianza, en el que el docente pueda correrse del lugar de “la verdad” y proponerle a sus alumnos la búsqueda conjunta de respuestas. En definitiva, es una oportunidad para repensarnos: reflexionar sobre nuestras prácticas y la institución que queremos, para favorecer el desarrollo integral de nuestros estudiantes.

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