Otra mirada

agosto 9, 2012

Superando algunas reticencias y adaptándose a los distintos escenarios que presentan las escuelas provinciales, en su tercer año de existencia, los coordinadores de curso del secundario empiezan a dejar su impronta en el entramado educativo.

 

“Coordinar, promover y desarrollar acciones que contribuyan a potenciar y mejorar los procesos de aprendizaje y socialización de los estudiantes, de manera articulada con el equipo directivo y docentes de la institución escolar”. Así de abarcadora y compleja es la función de los coordinadores de curso, una figura que empieza a pisar firme en las escuelas secundarias y técnicas de Córdoba, a tres años de su creación.

Designados, en una primera instancia, en aquellos establecimientos que registraban altos niveles de repitencia y abandono –que también son aquellos a los que asisten poblaciones en situación de vulnerabilidad social–, su trabajo consiste en ser un nexo entre los diversos actores educativos así como crear espacios de diálogo y trabajo con ellos, con el fin de acompañar la trayectoria escolar de sus alumnos. Así, a partir de la articulación pedagógica, como a través propuestas transversales y acuerdos entre profesores, se busca dar respuesta a las problemáticas de enseñanza que pudieran surgir. Al tiempo que resulta fundamental el vínculo con las familias tanto para prevenir el fracaso y deserción escolares como para solucionar conflictos y problemas de convivencia.

Pero más allá de lo que señala el manual, la práctica impone sus propias condiciones. Y como todo dispositivo institucional novedoso, el éxito de su implementación depende, en gran medida, del contexto.

 

El comienzo, difícil

Algo en lo que coinciden los coordinadores es que la entrada en las escuelas no ha sido una tarea fácil: educadores, preceptores y directivos suelen ver en ellos una amenaza a su propia autonomía. No obstante, los resquemores iniciales parecen suavizarse a medida que se advierte que el objetivo no es controlar ni recortar roles, sino permitir que estos se articulen mejor.

“Al principio hubo algunos contratiempos con los preceptores porque tenían la idea equivocada de que iba a ser como una jefa de ellos, se confundía cuál era la función. Hasta este momento algunos continúan recelosos, como si yo controlara, y no es así, yo trabajo con ellos”, señala Gabriela Hado, coordinadora de curso del IPEM 40 Deodoro Roca de la ciudad de Córdoba. La responsable de esta función en el IPEM 35 Ricardo Rojas, también de la capital provincial, Alejandra Escudero, va más allá y define su inicio en la coordinación y la conformidad de sus compañeros como “una conquista”, en donde para consolidarse tuvo que ver “cómo hacía para llegar a los demás”.

En tanto, Débora Acosta, quien se desempeña en el IPEM 190 Dr. Pedro Carande Carro, de Villa Carlos Paz, manifiesta que, en su caso, el problema mayor no fue la aceptación porque ya venía trabajando en el colegio desde hacía tres años: “Ya me conocían”. Y marca que, en cambio, el inconveniente fue siempre la falta de una oficina donde desarrollar su labor: “Yo hago muchas entrevistas con padres, hablo mucho con los alumnos, me confían cosas que les están pasando o tengo que llevarlos a algún lugar para solucionar un problema concreto y no tengo un espacio físico, no tenemos esa intimidad”. Más allá de esa percepción, dos profesores de esa institución carlospacense sostienen que no fue fácil la asimilación del nuevo rol de Acosta entre sus pares: “Hubo ciertos recelos en el cuerpo docente, ‘qué viene a hacer’, ‘a quién responde’, un miedo a que se hiciera un control encubierto de la gestión pedagógica” “Pero con el transcurrir del cotidiano problemático vimos que teníamos con quien hablar de ciertos temas, fundamentalmente porque, en general, los coordinadores son psicólogos o psicopedagogos, y cuando el conflicto desborda uno busca la ayuda de estos profesionales, en la vida personal y en la escuela también”, explica Gabriela Fernández, quien dicta Lengua. En el mismo sentido, María Angélica Cesano, quien da Psicología y Ciudadanía y Participación, sostiene que a algunos de sus pares aún les cuesta percibir que la mirada de la coordinadora no es “prejuiciosa ni destructiva, sino constructiva”. “Que alguien venga a observarte a una clase despierta un poco de paranoia”, destaca, haciendo referencia a una de las tareas que llevan adelante los coordinadores, para poder diagnosticar los problemas de enseñanza, y convivencia que pudieran existir. Así –comenta– se pierde de vista que ese análisis puede ayudar “a construir una clase o una mirada” enriquecedoras, destaca.

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Un rol crucial

Tal vez la mayor virtud requerida para el desempeño de la función de coordinador sea la del equilibrio. Situado entre los requerimientos y las necesidades de profesores, alumnos, directivos y preceptores, se le pide no solaparse con ninguno de ellos y al mismo tiempo que tenga capacidad para evaluar soluciones alternativas y planes de acción ante las diferentes situaciones que se presentan en la escuela. “El desafío es ser un profesional de los bordes institucionales”, grafica Hado de la secundaria de Barrio Jardín.

“Es un rol mediador, porque uno escucha las dos voces. Vienen los docentes y te plantean problemas con los alumnos. Cuando hablás con los chicos, te cuentan lo contrario. Fue en ese lugar donde me dije que debía tener más cintura. Si uno se deja absorber por directivos o profesores, deja de lado a los estudiantes”, refleja Escudero de la Ricardo Rojas.

En el mismo sentido, algunos educadores señalan que uno de los mayores aportes de la nueva figura en la secundaria es la introducción de una mirada distinta, algo que podría definirse como una brisa de aire fresco en una realidad que demanda, precisamente, de soluciones innovadoras. “Si vos venís a hacer ‘lo tuyo’, la realidad te pasa por encima. En este contexto, el rol del coordinador a mí me ayudó mucho, sentí que ya no estaba tan desprotegida, que había otra persona que me podía ayudar a mirar lo que para mí era una incógnita y podíamos articular una respuesta”, dice la profesora Fernández, aunque reconoce que conseguir esa apertura en la mayoría de los docentes es complicado porque “a la gente no le gusta que le digan cómo tiene que hacer su trabajo”. “Las funciones de un profesor están claras en lo académico, pero en otros aspectos no estoy muy segura de que lo estén”, continúa Fernández. Cuando se intenta “construir un conocimiento en un lugar o con unos sujetos cuya realidad los desborda y que no están en condiciones ni siquiera de dejarse convencer”, la llegada de los coordinadores es altamente positiva, indica la profesora.

Los alumnos, en tanto, destacan que han encontrado una figura que los escucha, resuelve sus dificultades y está atenta a sus códigos. “Con la coordinadora se puede hablar de todo un poco, ya sea temas familiares, miedos, problemas con un profesor. Los chicos buscamos alguien con quien comunicarnos tranquilamente, con confianza, que pueda ayudarnos directamente y no que les derive nuestros problemas a otras personas”, dice Daniela, alumna de sexto año del Dr. Pedro Carande Carro.

Adriel, quien asiste a la misma escuela, subraya algo similar: “Es claramente diferente la relación que tenemos con la coordinadora de la que tenemos con los docentes. A veces tenés algún inconveniente, te va mal en alguna materia y los profes no te entienden, no te dan lugar; en cambio a la coordinadora uno le explica el problema, ella lo habla con el docente y por ahí entonces te ayuda”.

De la misma manera María, estudiante del mismo IPEM, afirma respecto  de la relación con los educadores: “Tenés que mostrar otro comportamiento, en cambio con la coordinadora te podés soltar y hablar casi de igual a igual”.

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Realidades complejas y demandantes

Si a esta necesidad de hacer malabares, moviéndose por los resquicios entre los distintos actores de la vida escolar, se suman los cambios en la realidad socioeconómica que en los últimos años introdujeron un sinfín de nuevas variables en las aulas, la función de coordinador de curso adquiere mayor complejidad. En este punto, algunos coinciden en que es difícil restringirse al ‘deber ser’, y no atender un contexto que demanda soluciones más o menos urgentes a cada instante.

“Yo siento que el coordinador, en este momento, debe apagar fuegos y no sé si se está pudiendo planificar estrategias más claras, por la gran demanda que tiene”, advierte la profesora Cesano sobre la realidad de su escuela, en Villa Carlos Paz. Su colega, Fernández, coincide y agrega que, tal vez debido al desconocimiento de la función de estos nuevos actores, a veces se los sobrecarga con tareas que no le atañen directamente, como son las cuestiones “de tipo administrativo”, quitándoles tiempo para desarrollar en plenitud su verdadera misión.

En este sentido, Acosta, la coordinadora del IPEM señala: “A mí me traen todos los chicos que tienen problemas; en la práctica, estás tratando de apagar algunos ‘incendios’. Los alumnos proyectan su situación en la escuela, y acá tenemos estudiantes con problemáticas graves a nivel familiar. Esos casos me los derivan y tratamos de resolverlo con los chicos, haciendo entrevistas y reuniones para padres”. Y añade: “Trabajamos entrando a los cursos, con los docentes, haciendo una apuesta fuerte a la prevención y tratando de que la urgencia no nos impida ir cumpliendo nuestra función, pero hoy la demanda es grande”.

En cualquier caso, la tarea de los nuevos integrantes de las escuelas es vasta. “Se trabaja sobre los Acuerdos Escolares de Convivencia; tenemos un cuaderno donde los docentes van manifestando lo que pasa en sus cursos y de esa forma podemos hacer un seguimiento de cada alumno en cuanto a faltas, llamados de atención. No se pasa directamente a la amonestación, si no que se evalúan instancias intermedias. También hay profesores que se han comprometido a trabajar en sus cursos sobre temas como los valores; hemos trabajado la educación sexual en cursos donde hemos visto problemáticas que requieren su abordaje”, enumera Acosta.

Más allá de las dificultades en su adaptación, así como de las diversas exigencias derivadas de un contexto cambiante y complejo que a veces flexibilizan un tanto los límites definidos para su función en la teoría, lo cierto es que los coordinadores de curso parecen haberse ganado, a fuerza de un bagaje de conocimientos previos y de trabajo cotidiano, un lugar en el ecosistema de las escuelas cordobesas.

En tres años han sorteado escollos; han logrado ser incluidos en los establecimientos educativos y sumar, al mismo tiempo, a sus actores a nuevas dinámicas de trabajo; han introducido un trato y una mirada diferentes en las aulas; han logrado un contacto fluido con las familias y los estudiantes, a quienes acompañan en sus tránsito por la escuela; y han podido diagnosticar y resolver problemas.

En definitiva, están trabajando para que cada uno de los actores educativos pueda, desde su lugar, lograr el cumplimiento de la obligatoriedad de la educación secundaria.

Lo que otros están diciendo

  1. romina mariani diciembre 16, 2012 a 22:19

    me gustaria saber como puedo conocer el sistema de coordinacion y el modo de involucrarme porque a la hora de recibirme de comunicadora social en el año 2013 me gustaria trabajar en este sentido en el area de comunicacion o escuelas de cualquier nivel ya que desde muy pequeña me inclino en un oficio que nunca deje de hacer: ayudar a los chicos con el apoyo escolar primario y secundario.

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