“Necesita asimilar los cambios”

agosto 9, 2012

Mónica Maldonado es licenciada en Antropología Social, magíster en Investigación Educativa, docente e investigadora de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba.

 

–¿Qué cambios socioculturales se han producido en los últimos años que han impactado tanto en la familia como en la escuela?

–En los últimos 30 años, se han producido fuertes transformaciones –a partir del lugar importante que han ocupado los medios de comunicación y las nuevas tecnologías; las fuertes discusiones en relación a temas de género y sexualidad; de una modificación sustantiva de los sectores sociales con procesos de movilidad social descendente y ascendente que, en algunos casos, rompieron la imagen de una Argentina con mayoría de clase media; una reorganización del espacio físico de la ciudad y segregación urbana de los sectores más empobrecidos– que han dado lugar a nuevos contextos sociales. Junto con todo ello, hemos visualizado una crisis de autoridad de familia y escuela, que si bien se observa a nivel mundial, en nuestro país asume características particulares.

 
–En relación a ello,  ¿cómo se ha ido modificando la conformación y el funcionamiento de las familias?

–Las políticas neoliberales de los ‘90 generaron la expulsión de gran parte de la mano de obra masculina del mercado de trabajo y ello aceleró, en la vida cotidiana de los hogares, profundas transformaciones, relacionadas con reagrupamientos familiares, cambios de barrios, conflictos de pareja, familias ensambladas y la emergencia de un número importante de hogares matrifocales (donde la madre sola es sustento y eje). Ello impactó, sin duda, en la organización familiar y el orden de autoridad, la crianza de niños y jóvenes y la relación con la escuela. Así, hoy podemos encontrar un complejo abanico de matices entre dos polos muy opuestos. Uno, con infancias que tienen niños que ocupan los espacios de las rutas, las esquinas, que trabajan y asisten a las escuelas, y otro, con jóvenes de 15 años de nuestra ciudad, de sectores medios altos, que no saben tomar un colectivo porque tienen altas cuotas de dependencia de sus padres y temor hacia el afuera. En la compleja gama de tonalidades, también están incluidas las escuelas.

 
¿De qué manera la escuela ha podido –o no– adaptarse a esos cambios? ¿Nota alguna diferencia según se trate de escuelas de gestión estatal o privada?

–Esa distinción merece una aclaración, ya que hay privados parroquiales, de muy bajos ingresos y privados de muy altos costos, y también hay escuelas públicas muy prestigiosas y de difícil acceso que las hace receptoras de un sector social más acomodado (padres profesionales, comerciantes, pequeños empresarios, empleados jerárquicos). Tenemos instituciones educativas que cuentan con familias con la seguridad y la apuesta por una carrera universitaria para sus hijos y tienen los medios disponibles para lograrlo (medianos o altos niveles de instrucción y ciertos capitales culturales, económicos y sociales); mientras que muchas otras, donde incluyo estatales y privadas de bajo costo, con familias involucradas y esperanzadas en la educación de sus chicos, pero muchas veces sin los recursos disponibles para llevarlo a cabo. En estos casos, ningún miembro familiar ha terminado el secundario, algunos tienen apenas un primer año fracasado o han sufrido distintos tipos de expulsión. En este marco, la ampliación de la obligatoriedad de la enseñanza a la secundaria ha complejizado el panorama de las instituciones escolares, ya que ha ingresado por primera vez un nuevo sector social de adolescentes –aquellos que estaban estructuralmente excluidos del sistema educativo–, y la escuela secundaria, diseñada tradicionalmente por y para las capas medias y altas de la sociedad argentina, necesita asimilar estos cambios.

Las diferencias notables que pueden observarse entre privadas y estatales se deben, en parte, a que la mayoría de los colegios privados no ha incluido a estos nuevos sectores educativos.

 
–¿Cómo es eso?

–Las escuelas de gestión privada siguen trabajando con los sectores medios y altos y, de alguna manera, “se reservan el derecho de admisión”, no sólo de alumnos, sino de temas problemáticos como el de las sexualidades y género, por poner un ejemplo. Mientras, en las estatales o las situadas en contextos de pobreza asistimos a nuevas escenas, tales como las de estudiantes embarazadas, madres adolescentes con niños en la escuela y mayor heterogeneidad social. Por otro lado, en los colegios existe además una elección que encaja con las expectativas, creencias y posibilidades de las familias en relación a lo que ofrece la institución educativa, y viceversa. Así, el padre religioso busca una escuela confesional con determinadas características, y trata de amoldarse a ella, porque la encuentra en sintonía con sus aspiraciones. Y el establecimiento religioso espera una comunidad de alumnos y padres que también lo sean. No ocurre lo mismo con las instituciones escolares estatales, donde la diversidad de creencias, heterogeneidad social y expectativas de los padres no siempre concuerdan con la escuela, que está a cargo de diferentes equipos directivos y toma rumbos institucionales también diversos.

 
–¿Qué espera la familia de la escuela y cuál es la principal fuente de conflicto y ruptura del vínculo entre ambos?

–Por múltiples factores, los padres esperan que la institución escolar se haga cargo de la educación de sus hijos, pero vigila que no avasalle sus derechos ni sentimientos (algo también relativamente novedoso, que ha ido avanzando junto a la democratización de la sociedad). En algunos establecimientos urbanos de sectores medios, incluso, quieren que la escuela trabaje la individualidad de cada uno de los alumnos porque piensan y sostienen que sus hijos son “diferentes/especiales” y demandan que se los trate como tales, que se tengan en cuenta los gustos y particularidades de cada uno. Cuestión que también es novedosa: el derecho individual pareciera primar sobre el colectivo. Creo que por ahí pasan los puntos más álgidos de conflicto.

 
–¿Qué estrategias se pueden poner en marcha para mejorar o propiciar la relación?

–No es fácil de resolver. Implica pensar en tareas de común interés para el barrio o comunidad y para la escuela, que involucran acciones que van más allá de la institución escolar. Supone pensar en necesidades comunes, historias compartidas, proyectos a futuro. Talleres de memoria barrial, exposiciones de obras de los vecinos, talleres dictados por padres con ciertos oficios con apoyo de la escuela, fiestas conjuntas con involucramiento de los alumnos… En fin, no hay una receta: cada uno debería crear desde su propio lugar un ámbito para compartir, construir y restablecer vínculos.
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Ilustración: Juan Paz.

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