Libertad en tiempo presente

agosto 9, 2012

Los vínculos más que el conocimiento; el ahora antes que el mañana; y la necesidad de reconocimiento, son algunos de los significados que tiene la escuela para los presos que asisten a clases.  Las representaciones que ellos y sus docentes tienen acerca de las instituciones educativas en las cárceles, tema de una investigación. 

 

“Aun si los estudiantes estuviesen por un interés de sumar puntos, a poco de andar se produce de alguna manera la modificación. Ellos te dicen que llegaron ahí porque el juez los mando, pero que después ya van porque quieren”, afirma María Isabel Juri acerca de uno de los resultados de la investigación Escuelas y aprendizajes en contextos carcelarios, que durante más de cuatro años llevó adelante junto con la también licenciada en Ciencias de la Educación y docente de la Universidad Nacional de Córdoba, Patricia Mercado.

Interesadas en conocer cómo se inserta una institución como la escolar dentro de otra tan distinta como la cárcel, quiénes y por qué deciden completar sus estudios, cuál es la imagen que tienen de la escuela y en función de ella si pueden o no transformar su realidad, entre otras cuestiones; en 2008, comenzaron a indagar sobre las particularidades de esos espacios, para luego profundizar acerca de las representaciones de los alumnos al respecto.

“Cuando nos enteramos que para el sistema penitenciario ir a clases suma puntos para pedir la excarcelación, pensamos que nuestra investigación se caía, porque sería ingenuo pensar que esa no era una de las motivaciones para cursar”, se sincera Patricia Mercado. “Pero cuando le transmitimos esa inquietud a uno de los internos, nos respondió que tenía una condena efectiva de no menos de 30 años, que no iba a salir y que el puntaje le daba exactamente lo mismo; que él estaba ahí porque lo deseaba, que había podido aprender a comunicarse, que la escuela le había enseñando a hablar”, completa Mercado.

Familiarizadas con la educación carcelaria a partir de su participación en el Programa Universitario en la Cárcel (PUC) –a partir del cual la Facultad de Filosofía brinda la posibilidad a personas privadas de su libertad de estudiar las carreras dictadas por esa unidad académica– y con un fuerte posicionamiento acerca de que la educación es una práctica de intervención “en tanto intenta modificar o actuar con la convicción de que el conocimiento puede producir un modo de pensar diferente”, comenzaron a preguntarse acerca de quiénes eran los alumnos que se inscribían en la Facultad: “No sabíamos nada de su historia previa de escolarización, y muchos de ellos eran egresados de secundarios de las cárceles. Entonces nos pareció interesante indagar sobre las representaciones que hacen a las razones por las cuales alguien quiere estudiar”.

En una primera etapa, el trabajo estuvo centrado en poder caracterizar y entender la manera en que funcionan los establecimientos escolares situados dentro de una unidad penitenciaria –son anexos de escuelas de adultos (CENMA) externas, que tienen un coordinador perteneciente al sistema y otro a educación, con un director del establecimiento base–: “Todo esto nos llevó un buen tiempo, además del hecho de poder salirnos del esquema de que las escuelas son para jóvenes. Creíamos que íbamos a trabajar con chicos y nos encontramos con un grupo de personas adultas que no se ajustaban a lo que nosotros habíamos definido como población joven”. “También decidimos incluir a las mujeres que estudian, cuya proporción es mucho menor”, indica Juri acerca de las decisiones metodológicas que tuvieron que tomar en una primera instancia y que les llevó a incluir a todos los establecimientos escolares en cárceles de Córdoba y a formar tres grupos para su estudio: varones jóvenes (de 18 a 29 años), hombres mayores (más de 30) y mujeres.

“La segunda etapa –afirma Mercado– , la más sustancial en relación a la producción, fue la de las representaciones de los alumnos, que nos generó la necesidad de dar un paso más y trabajar con las de los docentes”.

Imágenes de los alumnos

Para poder abordar cuáles son esos conocimientos cotidianos que los estudiantes tienen acerca de lo que es la institución educativa, y que como tales, construyen la realidad y condicionan sus acciones, las investigadoras les pidieron a los internos que, primero oralmente, y luego de manera escrita, describieran cómo sería –esto es qué elementos debería contener– una foto de una escuela y cómo se incluían ellos dentro de ella. “Abordamos las representaciones, a partir de imágenes acerca de lo escolar, de escuelas, porque pensábamos que era la posibilidad menos mediada por la conciencia”, argumenta Juri, al tiempo que Mercado completa: “Si yo formulo la pregunta sobre cuál es la representación que tienen sobre la escuela, seguramente va a haber una respuesta desde el deber ser, y no sobre lo que uno verdaderamente piensa y siente”. “La idea de las imágenes –continúa– nos permitía entrar en diálogo con un sujeto a quien no conocíamos y en un ambiente en el que está muy atravesado por la valoración del psicólogo, del asistente social, de los educadores, quienes permanentemente están evaluando su conducta porque eso suma a su consejo criminológico, a su condición de sujeto preso, la cual va pasando por distintas fases (aceptable, buena, satisfactoria)”.

En este marco, Mercado y Juri –junto al grupo de investigación conformado por Babero Fabiana, Luque Cristina, Taborda Daniela y Santillán Fernanda– debieron primeramente reflexionar sobre sus propias representaciones: “Porque fuimos nosotras quienes elegimos las imágenes. Fueron esas y no otras. Son fotos de diarios, de revistas. Lo que recortábamos tenía que ver con el modo en que nosotras creíamos que debía ser una escuela: ¿por qué elegíamos esas representaciones, en qué grupo las poníamos, de qué manera las clasificábamos?”

Así, en una primera instancia se reunieron bajo la modalidad de taller, colocaron las figuras sobre una mesa, les pidieron que eligieran una o dos y luego que fundamentaran la elección. “Luego de esta etapa que tuvo que ver con la oralidad –en la que manifestaban qué significaba la escuela para ellos, qué potencialidad le veían, etc.–, de por qué elegían determinada imagen, trabajamos con lo escrito”.

Así, las imágenes fueron ordenadas según su significado, ya sea que estuvieran relacionadas con los vínculos y lo emocional, en tanto aludían a relaciones afectivas en la escuela, con los compañeros y el docente; con el conocimiento o lo cognitivo, reflejado en actividades del profesor tales como explicar, dictar, dar clase; con objetos propios de la cultura escolar, como mapas, libros, útiles escolares, abanderado, pizarrón; así como con lo que la escuela aporta a futuro, las funciones de la educación.

“En los alumnos es muy importante la relación individual que establecen con el docente, el vínculo afectivo es muy fuerte. La imagen más frecuente es un profesor que dicta y ellos tomando apuntes”, sostiene Mercado. “Otras de las cuestiones que aparecen es la cuestión del reconocimiento: el ser abanderado, el ser buen alumno, el ser bien calificado”, apunta Juri. “De la misma manera –continúa–, es muy común eso de mirar la escuela por el pizarrón, la biblioteca, el globo terráqueo, esto es en relación a objetos tipificados de la escolaridad”.

Si bien el aspecto relacional es muy importante para todos los estudiantes, para el grupo identificado con la categoría de “hombres”, los términos y expresiones a los que aluden hacen referencia casi con exclusividad a este aspecto y a la situación presente (no hay en este caso, proyección a futuro). En cambio, en los jóvenes, sí hay referencia a lo que la escuela aporta para el mañana (mostrar sus logros a sus hijos, en un futuro; poder reintegrarse a la sociedad y demostrar que cualquiera puede equivocarse; ser alguien el día de mañana). Por su parte, en las mujeres hay varias referencias positivas a la institución escolar en la cárcel, especialmente en los vínculos con docentes y compañeras, así como lo que aporta para el futuro.

“Como conclusión provisoria –sostienen Mercado y Juri en la investigación–, y a modo de comparación, podemos referir que la representación de escuela que construyen los sujetos presos no es sustancialmente diferente a la de una persona que no está en la cárcel en cuanto a actividades, objetos y condiciones de alumno; sí lo es en relación al espacio del contexto de encierro, el que le imprime otros matices a la representación de lo educativo de la experiencia carcelaria con la experiencia escolar previa de los sujetos, a la valoración positiva que se hace de ella. Se exalta ‘acá me siento libre’; ‘acá aprendí a hablar’; ‘pasamos el portón y somos libres’; ‘en la escuela somos alumnos y no presos’, siempre situándose en un presente, un ahora que no indica en general proyección de la escuela a futuro”.

La mirada docente

Una vez abordadas cuáles eran las imágenes que de la escuela tenían los internos de las cárceles cordobesas, las investigadoras se propusieron indagar acerca de las de los educadores que desarrollan sus prácticas dentro de los establecimientos penitenciarios: cómo significan su tarea, qué concepción del sujeto que aprende tienen y qué relación con los estudiantes sostienen.

A diferencia de los alumnos donde la elección de las fotos estaba ligada a la relación individual, en el caso de los docentes, las imágenes estaban vinculadas a procesos de grupalidad. “Todos tenían la imagen de una escuela donde el grupo aparecía”, indica Mercado. Por otra parte, así como ocurre con los internos, donde “los estudiantes afirman que ellos dejan de ser presos para ser alumnos” y que el escolar es un “lugar distinto, de libertad”; “el espacio de la escuela es altamente valorado” por los educadores. “El docente que da clases en una escuela de la cárcel está allí por elección. En el discurso nunca aparece que terminaron ahí porque no les quedaba otra”, argumenta Juri.

“Después surgen algunas representaciones vinculadas a cuestiones solidarias”, afirma Mercado y al respecto sostiene: “Está la batalla que libran con la idea que la sociedad tiene de estos sujetos, de quienes sin piedad se llega a decir que deberían pudrirse ahí dentro. Los profesores, en cambio, llegan con el deseo de construir un espacio de libertad, en donde los internos puedan pensarse como ciudadanos responsables y comprometidos. Esta concepción del sujeto del derecho choca, en general, con la que tiene el resto de la gente”.

Así, para los maestros, la importancia de la institución educativa radica en que sus alumnos pueden construir relaciones enmarcadas por la escuela y no la cárcel, así como discursos que pueden irrumpir en las prácticas no discursivas de la penitenciaría

En este sentido, los docentes si bien sostienen que la escuela del penal es parecida a cualquier otra –en tanto el contexto simbólico es igual al de otras instituciones educativas–, y sus alumnos tienen muchas cosas en común con estudiantes de otros establecimientos escolares; también reconocen sus particularidades: al estar inserta en un espacio donde prima el concepto de seguridad, “por ejemplo, el profesor de biología se ve limitado por no poder llevar elementos para el laboratorio”, o las clases se suspenden los días que hay requisa.

“Más allá de todo esto, en el espacio de la cárcel, los sujetos que históricamente han sido expulsados del sistema económico, social, en la escuela tienen la posibilidad de acceder a la cultura, a los libros, a hablar, a ser escuchados”, destaca Mercado. Y Juri finaliza: “Mientras más uno recorre las instituciones educativas, más sigue, por un lado, afirmando la necesidad de repensarlas, mirarlas, de reflexionar sobre otros formatos escolares. Pero, por otro lado, uno ve, a su vez, su potencialidad como generadoras de posibilidades de cambio. Uno les puede criticar muchísimas cosas, vinculadas con la tradición, con el modo en que se configuran, pero siguen siendo lugares de privilegio para generar subjetividad, para pensarse de otra manera: son espacios emancipatorios”.

Lo que otros están diciendo

  1. Lidia Aguero mayo 19, 2013 a 23:22

    Me parece muy bueno la tarea de llevar la escuela a la cárcel , es poder brindarles oportunidades a estas personas porque quizás muchas de ellas no han tenido oportunidad de gozar de este derecho . La educación es liberadora. abre puertas, da esperanza de un futuro mejor.

  2. Norma noviembre 11, 2013 a 14:59

    La mayoría de la población no ve a la educación como un Derecho. Habría que empezar por allí. Muchos de mis alumnos creen que es una obligación ir a la escuela, por ello en muchos casos creen que no están obligados a hacer las distintas propuestas de enseñanzas

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